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martes, 18 de febrero de 2014

El emperador Francisco quería a su nieto, Napoleón II

Alrededor de Napoleón II, el malogrado hijo del más brillante militar de la historia, existen muchas leyendas, quizás creadas con el propósito de suplir lo que la muerte le impidió hacer.
Se ha rumorado que embarazó a la archiduquesa Sofía, la esposa de su tío, y que de allí nació Maximiliano I de México, también que fue un prisionero del gobierno austriaco, de algún modo para vengarse de su padre e impedirle que gobernara Francia, y, finalmente, que no murió de tuberculosis sino envenenado por el príncipe Metternich.
Leyendo las biografías del duque de Reichstadt, titulo que ostentó en Austria Napoleón II, se puede apreciar una historia muy diferente a la que se le atribuye como supuesto mártir. Fue, de alguna manera, el consentido de su abuelo, el viejo y el niño se quisieron desde siempre. Francisco incluso no veía con malos ojos la posibilidad de que su nieto, a quien educó a su lado, fuera emperador de Francia. ¿Qué mejor aliado que un pariente cercano?
Una buena prueba de ese afecto es la esmerada educación que recibió el duque: la misma que recibían los archiduques, le llenaron la cabeza de conocimientos e idiomas. Aunque él siempre se lamentó de que su educación fue un fracaso debido a la soledad con que vivió ese proceso.
Cuando unos bonapartistas fueron a Austria a pedirle al emperador que les permitiera llevar a su nieto a Francia para que ocupara el trono de su padre, Francisco no lo permitió porque el país estaba muy agitado, en un proceso de cambio de gobierno muy turbulento, y no quería que su nieto llegara como un usurpador al que bien podían fusilar sin contemplaciones.
Cuando Reichstadt enfermó, guardó cama varias temporadas por órdenes expresas de su abuelo. El viejo emperador incluso le ocultó todo cuanto pudo sobre los hijos que su madre ya tenía en Parma, y cuando se lo reveló, se cuidó muy bien de no decirle que los había parido en una época en que aún vivía Napoleón I.
Cuando después de una larga convalecencia Reichstadt murió, Francisco sufrió mucho por la perdida de su nieto favorito, al que lo había unido un sentimiento afectivo muy grande a pesar de que era el hijo de su más odiado enemigo.

martes, 8 de enero de 2013

Príncipes eternos


En los tiempos de las monarquías, se suponía que los príncipes eran transitorios, ya que en algún momento llegarían a ser reyes. Es cierto que había príncipes que ostentaban ese rango como un titulo nobiliario y que jamás pasaban de allí, también que otros aunque sí eran hijos de reyes no eran primogénitos, por lo que estaban imposibilitados para escalar el peldaño.
Sin embargo, hubo príncipes de los que se esperó mucho, ya que nacieron -incluso fueron planeados- para gobernar. Algunos fueron tan importantes aun siendo niños que pasaron a los libros de historia sólo por lo que se esperaba de ellos, sin haber consumado mérito alguno. Y el hecho de que murieran jóvenes, sin llegar al destino que les tenían preparado, hizo que fueran príncipes eternos.
Quizás el más importante es Napoleón II. Nunca llegó a emperador, por más que los franceses por nostalgia y homenaje le dieran ese titulo. En realidad fue más austriaco que francés; fue educado como un archiduque, pero su abuelo, el emperador de Austria, Francisco I, únicamente lo hizo duque, duque de Reichstadt, y ése fue el nombre que llevó toda su corta vida, porque Napoleón dejó de serlo con apenas cuatro años.
Otro príncipe eterno fue su –probablemente- sobrino, Napoleón Eugenio Bonaparte, el hijo de Napoleón III y la condesa española Eugenia de Montijo. Murió muy joven, peleando en nombre de Inglaterra contra salvajes africanos. Los seguidores de su padre lo llamaron Napoleón IV, pero jamás llegó a serlo.
En Austria también pasó a la historia por ser solamente príncipe el archiduque Rodolfo. Fue hijo de la famosa emperatriz Sissi y de su esposo, Francisco José I. De carácter rebelde y emocionalmente inestable, como su madre, Rodolfo tuvo siempre problemas con su padre, el emperador. Lo contradijo toda su vida y llegó un momento en el que su relación fue insostenible. Se suicidó, después de planear traicionar a su progenitor, con su amante, una hermosa y enigmática baronesa húngara, María Vetsera, pero debido a que la familia Habsburgo trató de impedir que los detalles fueran del dominio público, surgieron infinidad de leyendas sobre su muerte, todas tan fantasiosas como falsas.
Otro príncipe eterno, aunque de república, fue John F. Kennedy Jr. Como hijo de un carismático y pésimo presidente asesinado  mientras ejercía sus funciones, pasó a ser una especie de príncipe en su país, y no eran pocos los que aseguraban que llegaría a ocupar la Casa Blanca. Sin embargo, la afición que los miembros de su familia tuvieron siempre por desafiar el peligro, lo hizo estrellarse en su avioneta sin poder llegar a destacar en la política.
Estos personajes nacieron con muchas expectativas puestas en ellos. Pero la muerte se les atravesó en el camino y jamás llegaron a gobernar. Fueron, o más bien son, príncipes eternos.

martes, 20 de noviembre de 2012

Eugenia de Montijo y Napoleón III (Isabel Margarit)


Desde que desapareció la rama de los Habsburgo españoles (los Austrias), ya no era tan sencillo que una española llegara a lucir la corona de emperatriz. Antes la cosa era bien sencilla, los Austrias enviaban a sus primas de un país a otro para que desposaran a sus… primos y como en Austria no había reino sino imperio a muchas españolas les tocó corona imperial.
Con la llegada de los borbones a España la cosa se truncó, aunque no del todo. Hubo otra española que se acomodó la corona imperial, pero no fue infanta ni princesa y ni siquiera duquesa. Fue una condesa, de rancia aristocracia, eso sí, pero sin sangre real en las venas. Se llamó Eugenia de Montijo, era poseedora de una belleza extraordinaria, tenía un amor por la cultura y los idiomas nada típico en la cultura española y era también profundamente religiosa.
Eugenia nació en Granada el 5 de mayo de 1826, el día del aniversario luctuoso de Napoleón I. Fue hija de Cipriano Palafox y Portocarrero, un español bonapartista devastado físicamente por las guerras. Debido a su fecha de nacimiento y a la ideología de su padre, fue incluida en su esmerada educación una fuerte admiración por Napoleón.
Cuando Eugenia se hizo mujer, su madre, María Manuela Kirkpatrick, se dio a la tarea de buscarle el mejor partido posible. Eugenia poseía los encantos necesarios para conseguirlo, era hermosa, refinada, culta y políglota. Podía conseguirse fácilmente a un conde o a un duque de acaudalada posición, mas nunca imaginó que sus encantos llegarían tan lejos como para conquistar a un emperador.
Del otro lado de los Pirineos, cuando murió el duque de Reichstadt, el único hijo legitimo de Napoleón, se pensó que sería imposible restaurar el imperio napoleónico. Conseguirlo se lo propuso Luis Napoleón Bonaparte, hijo de Hortensia de Beauharnais, con toda seguridad, y de Luis Bonaparte, probablemente. Los parientes Bonaparte de Luis Napoleón siempre lo consideraron un bastardo. Él nunca lo ignoró puesto que se lo decían en su cara. Pero no por eso dejó de pensar en su sueño: convertirse en emperador, en el sucesor de su “tío”.
Luis se enfrentó cuantas veces fue necesario al rey de Francia Luis Felipe I para restaurar el imperio de “su familia”. Luis Felipe era un rey débil y de mano muy blanda. Y tanto empeño le puso el Bonaparte a su empresa que logró hacer que el rey fuera derrocado y se viera obligado a escapar de Francia ya no para salvar el honor pero sí la vida. En Francia -todos los sabían y el rey más que nadie- a los reyes les cortaban la cabeza.
Después de ser reino, Francia pasó a ser republica y Luis fue su único presidente, pero sólo el tiempo que necesitaba para restaurar el imperio, cosa que logró no sin grandes esfuerzos y  arriesgando su posición y su vida.
Eugenia y Luis se conocieron y tiempo después decidieron casarse. Ella era mucho más joven que él, más alta y más refinada, aparte de un tanto frívola. Luis, digno nieto de la emperatriz Josefina,  era la calentura echa hombre. Sus infidelidades a Eugenia fueron incontables. Pero pese a la diferencias llegaron a un buen acuerdo. Formaron una pareja de época, tuvieron un hijo, el único que les hacía falta, trasformaron a Francia y le echaron su influencia encima al mundo. Pero un día su estrella se apagó. Su único hijo murió. El imperio que habían formado desapareció. Y de ellos sólo quedó el recuerdo.
Una biografía interesante de esta también interesante pareja la ha escrito Isabel Margatit. La autora analiza bien las personalidades de ambos personajes y nos ofrece un libro no muy extenso lleno de detalles curiosos y no poco interesantes. Napoleón III y Eugenia de Montijo no son comparables a Napoleón I y María Luisa de Habsburgo, pero sí que tienen una historia agradable que vale pena ser estudiada.

domingo, 11 de noviembre de 2012

¿Dorian Gray era el duque de Reichstadt?


Me refiero a que si existe la posibilidad de que Oscar Wilde se haya inspirado en el rostro de Napoleón II para describir la belleza física de Dorian Gray. Esa observación me la hizo una amiga recientemente, argumentando que Wilde describe a Gray como un joven de veinte años, con rostro hermoso adornado con ojos azules y coronado con un cabello rizado y totalmente rubio.
Sé que en algunos países de Europa que nazcan niños con el cabello rubio es cosa de lo más común, pero no lo es tanto el que lleguen a la edad adulta con el cabello del mismo color. Comúnmente se les hace un poco oscuro con los años, algo que no le ocurrió a Reichstadt. El hijo de Napoleón Bonaparte era famoso entre la aristocracia austriaca porque conservaba su cabello totalmente rubio a los veinte años.
“Tal vez Wilde vio un retrato del duque y decidió inspirarse en él para crear a Dorian”. Eso fue lo que me dijo mi amiga. Por un momento me entró la duda. Todo es posible. Pero cuando llegué a mi casa fui inmediatamente a tomar mi volumen de El retrato de Dorian Gray y busqué la parte en donde el joven es descrito. Todo coincide excepto algo. Los ojos de Dorian son ingenuos, y eso no cuadra con el duque. Es bien sabido que Reichstadt se parecía casi en todo a sus parientes, los Habsburgo, pero su mirada la había heredado íntegramente de su padre. Era una mirada letal, difícil de sostener, no había ingenuidad en ella, más bien revelaba a un depredador en reposo.
Y ese detalle fue lo que me hizo tener la certeza de que en realidad el joven Bonaparte no tuvo influencia alguna en la obra de Wilde. Sus características físicas y la edad en que murió uno y cobró juventud eterna el otro son muy similares, pero aun así Reichstadt no es Dorian Gray.

jueves, 11 de octubre de 2012

Hijo de rey, padre de rey, nunca rey


Durante los siglos en que el mundo fue gobernado por monarquías, se dieron extraños y curiosos casos en el cómo una corona llegaba a una cabeza y cómo evadía a otras que la buscaban con ansias. La gran mayoría de las monarquías fueron hereditarias,  y eso siempre beneficiaba al hijo primogénito de un matrimonio real, sin importar cuán idiota fuera.
Pero luego se daban casos en que el rey, por una cosa o por otra -que de todo había-, no tenía hijos, o simplemente no tenía a un ansiado varón. Algunas veces por mala suerte, otras por impotencia, homosexualidad o esterilidad, pero los reyes se veían en la desgraciada situación de no poder heredarle su reino a un hijo y tenían que poner los ojos en sus sobrinos.
Esta clase de sucesos, que con la mortandad infantil de esos difíciles siglos eran frecuentes, provocaban que hubiera príncipes hijos de un rey y padres de otro, pero ellos jamás lo eran. El más reciente caso, aunque no por las razones anteriores, fue el de Juan de Borbón, padre del actual monarca de España. A él sí le tocaba la corona, sólo que Franco jamás habría permitido que alguien mandara más que él.
Quizás el caso más curioso de la historia fue el del archiduque Francisco Carlos de Austria, un hombre totalmente gris, de mediana o más bien recudida inteligencia -atribuida a la endogamia de los Habsburgo-, al que su esposa manipulaba sin el menor esfuerzo -y hasta se rumoró que le fue infiel con el hijo de Napoleón, el duque de Reichstadt-, pero fue hijo del emperador Francisco I y padre de dos cabezas coronadas, el emperador de Austria, Francisco José, y el de México, Maximiliano. Y él, por su parte, toda su vida vivió en un total anonimato, con una personalidad completamente sumisa.
Otro con igual fortuna fue Felipe de Bélgica. Su hermano mayor fue  el despiadado genocida del Congo, Leopoldo II de Bélgica, quien se cargó, en números cerrados, la vida de diez millones de africanos por su enfermiza ambición, pero no pudo dejarle su reino a un hijo suyo. Sí tuvo uno con su esposa, la archiduquesa María Enriqueta de Austria, pero murió siendo aún un niño y el cruel rey tuvo que dejarle la corona a su sobrino Alberto, hijo de su hermano Felipe, el conde Flandes.
Y uno más fue Augusto Guillermo de Prusia. En el caso de su hermano, Federico II de Prusia, el Grande, un genio militar que inspiró a Napoleón, él simple y sencillamente no dejó su corona a un hijo suyo porque era incapaz de tocar a una mujer. Ni siquiera ejecutando a su novio en su presencia cuando era joven lograron los rígidos prusianos hacer que olvidara por un momento -el suficiente para hacer un hijo- su homosexualidad.
Hubo algunos afortunados que  pudieron escabullirse de esa desgracia aun cuando estaban condenados a padecerla. El zar Alejandro I de Rusia tuvo como mayor pasatiempo el de hacer hijos. Cuando se celebró el Congreso de Viena, que duró ocho meses, se rumoró que se la pasó todo el tiempo haciendo el amor. Dejó una legión de bastardos con sus muchas amantes, pero no logró tener un hijo legítimo para heredarle su enorme y congelado imperio. Su sucesor tenía que ser por fuerza un sobrino suyo, pero al parecer se fastidió de la política y aun siendo un hombre joven decidió desaparecer. Entonces su sucesor terminó siendo su hermano Nicolás I, quien pudo gobernar casi treinta años antes de dejarle la corona a su hijo y sólo así consiguió sacudirse la maldición que a tantos príncipes amargó la vida.
Y así, por diferentes razones, la mayoría de las veces no poco interesantes, la historia  está llena de desgraciados que tuvieron la corona muy cerca, que fueron hijos de reyes y padres de reyes, pero aun así ellos nunca lograron serlo.

viernes, 21 de septiembre de 2012

La familia y la propaganda política, de Napoleón a Obama


Un político comúnmente se sirve de lo que tiene a la mano para hacerse el simpático, el inteligente, el bueno, para ganar popularidad. Muchos usan a su familia si ésta tiene posibilidades de acarrear simpatías. Eso no me resulta raro, lo raro, o curioso, es que los políticos suelan copiar los trucos que ya utilizaron otros y que eso quede plasmado en imágenes.
Aquí está Napoleón dominando Europa con la mente -luego lo hacía con las armas-, mientras su hijo, el príncipe imperial,  rey de Roma y futuro duque de Reichstadt, duerme placidamente. La pintura es tan buena que siglo y medio después alguien la copió.
En esta imagen vemos a John F. Kennedy resolviendo la Guerra Fría desde la Casa Blanca mientras su hijo se entretiene ajeno a todo aquello. La imagen es una clarísima copia a la de Napoleón, desde luego.
Pero con Kennedy no terminaron las copias. Medio siglo después Obama ha creído que es posible hacerlo una vez más.

domingo, 19 de agosto de 2012

Los descendientes de Josefina de Beauharnais


El más grande sueño de Napoleón I, aparte de apoderarse del mundo -que en gran medida logró-, fue tener un hijo a quien heredárselo. Sus errores sumados a una mal cuidada tuberculosis echaron ese sueño suyo a la basura. Su único hijo legitimo, el duque de Reichstadt, murió siendo muy joven, sin lograr nada revelante en el mundo de la política. 
No por eso la descendencia de Napoleón se perdió. Su otro hijo, Alejandro Walewski, se encargó de perpetuar a los descendientes por línea directa del más grande militar de todos los tiempos. Pero de ellos nada se sabe. No han hecho cosas por las cuales puedan ser conocidos. Viven en un casi completo anonimato y ni siquiera se apellidan Bonaparte.
No ocurrió igual con los descendientes de Josefina de Beauharnais, el gran amor de Napoleón. En la tarea de posicionar bien a los hijos demostró más talento que su esposo. Ya que hijos en común no tuvieron -ella ya era estéril, aunque guardaba bien el secreto, cuando se casó con Napoleón-, el Emperador adoptó a los suyos como propios. Casó a Hortensia con su hermano Luis y a Eugenio con una princesa de sangre real, hija nada menos que del rey de Baviera. 
Por el lado de Hortensia, los descendientes de Josefina pudieron llegar muy lejos. Podrían ser hoy monarcas simbólicos de Francia, pero Napoleón III, su nieto, a pesar de que gobernó por muchos años, terminó perdiendo la corona y su único hijo legitimo murió guerreando en África sin dejar descendencia. Allí acabó todo por ese lado. 
Por el lado de Eugenio las cosas fueron más discretas, pero terminaron mejor. Sus hijos con la princesa bávara no perdieron su condición aristocrática con la caída de Napoleón. Uno fue rey consorte de Portugal y otras dos reina una y emperatriz la otra de Suecia y Brasil, respectivamente. Otro príncipe logró ser yerno nada menos que del zar de Rusia. Con semejantes matrimonios los descendientes de Josefina aseguraron puestos importantes por muchos años, o siglos. 
De las monarquías que se mantienen vivas en Europa, los titulares de dos de ellas, Suecia y Noruega, descienden, por vía directa, de Josefina de Beauharnais. Allí no termina la cosa. Maximiliano de Baden, el que fuera canciller de Alemania, el enemigo de Francia por antonomasia, al final de la Primera Guerra Mundial, también era su descendiente. 
No puede uno menos que sorprenderse por el destino de los que descienden de una mujer que tras quedar viuda por culpa de la guillotina en la Revolución Francesa se dedicó a andar de cama en cama para subsistir y que terminó casándose con un generalillo feo que no le gustaba nada. Pero fue él, ese generalillo, el causante de la grandeza que alcanzaron sus descendientes con los años. Napoleón poco pudo hacer por su descendencia, pero hizo mucho por la de la mujer que tanto amó.

miércoles, 11 de julio de 2012

Napoleón IV, el emperador desconocido


En la historia de los imperios franceses, que fueron dos, hubo dos monarcas auténticos, que sí gobernaron, y otros dos que de príncipes no pasaron, aunque muchos en su momento quisieron llevarles la corona incluso a la tumba, lugar al que acudieron en la flor de la juventud.
Ya en este blog he hablado del duque de Reichstadt, un desafortunado joven que cobró fama gracias a su invencible padre y  que en la lista de los napoleones ocupó el segundo puesto sin haber gobernado jamás. Pero de su sobrino,  otro Napoleón, que llegó a ser conocido como Napoleón IV, fuera Francia se sabe poco.
Cuando Luis Napoleón, hijo al parecer solamente putativo de otro Luis, hermano del gran emperador, logró llegar al trono de Francia como Napoleón III, pensó rápidamente en hacerse de una adecuada esposa para tener un heredero y lograr lo que su poderoso tío no pudo: crear una dinastía que gobernara por siglos.
El problema era que a él no le tenían miedo los demás monarcas de Europa. A su tío le habrían dado a cualquier princesa para mantenerlo quieto, y no pedía por la buena, sino con disfrazadas amenazas. Pero a él, que pidió cortésmente, ninguna princesa quiso desposarlo. Al contrario, se burlaron de él. No era, como se decía entonces, de sangre real, ya era más que cuarentón y la guapura no era lo suyo.
Pero necesitaba una esposa, porque a pesar de ser un mujeriego incurable, y de tener su equipo de bastardos, para dejarle la corona necesitaba un hijo legitimo. No habiendo princesa disponible, se decidió por una condesa española, Eugenia de Montijo, muy bella y muy culta, que venía a ser el mejor partido que el Bonaparte podía hallar.
A principios de 1856 Eugenia parió al que sería su único hijo, Napoleón Eugenio. Con un doloroso parto de veinticuatro horas, no le quedaron ganas ni de volver a admitir en su cama a su marido por miedo a volver a embarazarse. Napoleón III, por su parte, estaba feliz con el acontecimiento. Eugenia le había dado un niño que sería joven justo cuando él ya fuera un anciano a medio camino entre los setenta y los ochenta. Su hijo no tendría que ser un principito heredero sesentón como el actual Carlos de Gales.
Pero la cosa en algún momento de ese idílico proyecto se truncó. A principios de la década de los 60s de ese siglo, el diecinueve, Eugenia convenció a su esposo de que invadiera México, porque ella, española, quería conquistar para luego rehabilitar a un país al que la unían lazos culturales.   
Napoleón, que quería contentarla por tantas infidelidades que ella no ignoraba, le dio gusto. Total, nada malo podría pasar. México era un país destrozado por las revoluciones y no tenía, al parecer, un ejército capaz de entretener por media hora al de Francia.
La cosa empezó mal desde el principio, el 5 de mayo de 1862, aniversario luctuoso nada menos que de Napoleón I, el ejército mexicano derrotó al francés a las afueras de la ciudad de Puebla. El acontecimiento era increíble, pero cierto. Allí empezaron las noches sin dormir de Napoleón III, que se veía impotente estando tan lejos de los campos de batalla.
El presidente mexicano, un indio llamado Juárez que de tonto no tenía un pelo, disolvió su ejército sabiendo que en las batallas a campo abierto pronto lo vencerían, pero que en la guerra de guerrillas tenía más posibilidades de ganar. Y así fue, gracias a esa desgastante estrategia y a la ayuda con armas de los Estados Unidos, el ejército francés se vio obligado a retirarse de México, y Juárez, que no perdonaba una ofensa, se dio el lujo de fusilar a Maximiliano I de Habsburgo, el príncipe europeo que había enviado Napoleón III para que gobernara México. 
Al volver el ejército francés a Europa sin laureles, Otto von Bismarck, el canciller de Prusia, supo qué tan débil era realmente Napoleón III. Ansioso de fundar un imperio alemán a costa de la derrota de Francia, buscó y halló la guerra que le serviría para lograr sus propósitos.
Napoleón, entonces ya un viejo enfermizo, hizo cuanto pudo para conservar su imperio. Llevó a su hijo de catorce años a los campos de batalla, e incluso lo dejó participar en los combates para infundir valor a los soldados, pero nada de eso sirvió. Francia fue humillada y derrotada muy rápidamente, y más rápidamente los franceses desconocieron a su Emperador, quien murió en el exilio, en Inglaterra.
El joven Napoleón Eugenio, proclamado por sus partidarios como Napoleón IV, quiso ganar fama de buen militar como se esperaba en un miembro de su probable familia. Se enroló en el ejército británico, el peor enemigo de su tío abuelo, y con la espada de éste en la cintura partió hacia África, donde lo mataron unos salvajes llamados zulúes, en 1879, cuando apenas era un joven de veintitrés años.
No es Napoleón IV tan recordado como su tío Napoleón II, a pesar de las similitudes, porque su padre no fue ni de lejos un genio como el primero de los napoleones, aquél que tenía a Europa aterrorizada mientras vivió. La fama de los padres a veces es crucial para la fama de los hijos.

lunes, 16 de abril de 2012

Napoleón II y sus primos Habsburgo

Esta  pintura la realizó el artista poco conocido  Johan Elder un año antes de que muriera Napoleón II, o el duque de Reichstadt, como se le conoció en Austria. Se trató de un regalo de la archiduquesa Sofía, madre de los emperadores Francisco José de Austria y Maximiliano de México, para su suegro Francisco I, el primer emperador de Austria que también fue el último del Sacro Imperio Romano Germánico.
La intención de la Archiduquesa fue reunir en un solo cuadro a los nietos del emperador Francisco, pero como los hijos de María Leopoldina, emperatriz de Brasil, estaban muy lejos y los que había tenido en secreto la ex emperatriz de Francia María Luisa con el conde Adam von Neipperg se suponía que no existían, sólo pudieron reunir a tres de los nietos del Emperador.
El joven rubio de aparentemente veinte años de edad es el mismísimo Napoleón II, la niña es María Carolina, hija de la archiduquesa María Clementina, y el bebé no es otro que el emperador Francisco José I de Austria, quien gobernó durante sesenta y ocho largos años y murió poco antes de que terminara la Primera Guerra Mundial, la misma que pondría fin al Imperio de su ancestral familia.
Aunque Napoleón II murió cuando Francisco José era aún muy pequeño, logró conservar algunos recuerdos de él, o por lo menos lo consideró siempre como un miembro de su familia, porque cuando Napoleón III se hizo con el poder en Francia, le pidió repetidas veces que le entregara los restos mortales de su primo, pero el emperador de Austria se negó siempre. Tuvo que ser Hitler muchos años después quien devolviera el cuerpo del duque de Reichstadt a los franceses, quizás como compensación por la terrible humillación militar que les había causado. 

viernes, 13 de abril de 2012

El Aguilucho (André Castelot)


El historiador franco-belga André Castelot (1911-2004) escribió bastantes libros en los que biografió de buena manera a personajes  muy celebres de la Revolución francesa en adelante. Sus favoritos, como puede verse en su obra, fueron los miembros de la familia Bonaparte, empezando por el propio Emperador. Pocos historiadores han sido tan expertos en la vida de Napoleón como él.
Su adicción por el famoso corso se extendió a su hijo legítimo, Napoleón II o el Rey de Roma, para los franceses; el duque de Reichstadt o Franz, para los austriacos; y el Aguilucho para el resto del mundo. Castelot le escribió una extraordinaria biografía a este desafortunado joven que no tuvo tiempo de hacer nada. Murió cuando apenas tenía veintiún años.
Resulta un poco extraño que se le dediquen libros a un personaje no por lo que hizo, sino por lo que se esperaba que hiciera. El Duque jamás tomó una decisión que pudiera alterar en absoluto el curso de la historia. No gobernó, no fue a batalla alguna, de hecho simplemente soñó, como cualquier joven. Pero aun así le tenían mucho miedo. Quizás el que más le temía era su propio abuelo, Francisco I, quien también, a pesar de todo, lo quería.
Pero a casi todos los reyes de Europa la existencia de ese joven los inquietaba. Era el hijo del león, lo sabía todo el mundo, y con eso bastaba para que fuera peligroso. Incluso presionaban a su abuelo para que lo obligara a tomar los hábitos. Sí, querían al hijo de Napoleón con sotana, así quizás podría llegar a Papa, pero no a mariscal ni a emperador.
El interés por el que nació príncipe, fue bien pronto rey y terminó como simple duque surgió por el  hecho de que Napoleón, no el primero ni el tercero sino más bien el único, era su padre. Él planeó su destino desde mucho antes de que naciera. Le escogió la mejor madre en el terreno de la aristocracia y al nacer le dio los títulos más ostentosos. Europa entera, la mayor parte a regañadientes, celebró su venida al mundo.
Fue, a pesar de ser hijo de quien era, un buen niño. Le gustaba regalar sus juguetes, siendo que los niños comúnmente ni siquiera los prestan. El exceso de atenciones no lo hizo en extremo un niño mimado. Otro  con la mitad de esas atenciones tal vez se habría sentido un semidiós. A juzgar por su padre, era sólo un poco perezoso. Pero tomando en cuenta el ritmo de vida del Emperador cualquier persona en el mundo habría sido perezosa a los ojos de él.
Lamentablemente para el Rey de Roma, su desgracia le habría de llegar de la mano de su padre, quien no se conformaba con demostrar su poder constantemente. Llegó el momento en que se le terminaron sus soldados y entonces lo vencieron. Y el niño dejó de ser rey, y también príncipe. Ya en el exilio, su abuelo se compadeció de él y lo hizo duque, casi como sus parientes austriacos, simplemente le quitó el archi.
Pero a cambió de darle un nombre y una educación propia de un verdadero archiduque,  le quitó la libertad. El emperador Francisco I quería a su nieto, sí, pero el hijo de Napoleón lo atemorizaba, por ello tomaba sus precauciones. De una u otra forma, todo mundo sentía algo por él. Hasta los reyes querían verlo. A la mayoría sólo les inspiraba curiosidad. Querían saber si se parecía a su padre, y todos coincidían en que a pesar de ser rubio como los Habsburgo, sus ojos, terribles, eran los de Napoleón.
En cuanto se hizo hombre, en todas partes lo querían como gobernante. En Francia más que en cualquier otro lado. Pero también allí le odiaban. La situación de su abuelo era difícil. No ignoraba que su nieto lo apreciaba, de hecho era al único Habsburgo al que respetaba, pero tampoco ignoraba que deseaba seguir el destino que le había trazado su padre, y eso significaba problemas para Europa.
No fue, a pesar de todo, necesario encerrarlo u obligarlo a tomar los hábitos, el Duque les resolvió el problema muriéndose, sin volver jamás a Francia, donde el ejército se hubiera echado al suelo para besarle los pies. No tuvo tiempo de hacer nada significativo, para muchos incluso murió casto. Aunque otros aseguraron que fue el padre biológico del que llegaría a ser emperador y también mártir de México, el archiduque Maximiliano. Y otros, aún más atrevidos o más soñadores, llegaron a insinuar que el emperador de Austria, Francisco José I, también era de sangre Bonaparte por culpa del Duque. Leyendas todas con las que los franceses quisieron vengarse de los austriacos por haberles robado a su príncipe.
El libro es más fácil de encontrar en español con el nombre de El Rey de Roma, y lamento decir que no he hallado una edición reciente. Es una lastima porque se trata de una excelente biografía, pero quien domine el inglés puede adquirirlo con el mismo titulo, The King of Rome.