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martes, 8 de enero de 2013

Príncipes eternos


En los tiempos de las monarquías, se suponía que los príncipes eran transitorios, ya que en algún momento llegarían a ser reyes. Es cierto que había príncipes que ostentaban ese rango como un titulo nobiliario y que jamás pasaban de allí, también que otros aunque sí eran hijos de reyes no eran primogénitos, por lo que estaban imposibilitados para escalar el peldaño.
Sin embargo, hubo príncipes de los que se esperó mucho, ya que nacieron -incluso fueron planeados- para gobernar. Algunos fueron tan importantes aun siendo niños que pasaron a los libros de historia sólo por lo que se esperaba de ellos, sin haber consumado mérito alguno. Y el hecho de que murieran jóvenes, sin llegar al destino que les tenían preparado, hizo que fueran príncipes eternos.
Quizás el más importante es Napoleón II. Nunca llegó a emperador, por más que los franceses por nostalgia y homenaje le dieran ese titulo. En realidad fue más austriaco que francés; fue educado como un archiduque, pero su abuelo, el emperador de Austria, Francisco I, únicamente lo hizo duque, duque de Reichstadt, y ése fue el nombre que llevó toda su corta vida, porque Napoleón dejó de serlo con apenas cuatro años.
Otro príncipe eterno fue su –probablemente- sobrino, Napoleón Eugenio Bonaparte, el hijo de Napoleón III y la condesa española Eugenia de Montijo. Murió muy joven, peleando en nombre de Inglaterra contra salvajes africanos. Los seguidores de su padre lo llamaron Napoleón IV, pero jamás llegó a serlo.
En Austria también pasó a la historia por ser solamente príncipe el archiduque Rodolfo. Fue hijo de la famosa emperatriz Sissi y de su esposo, Francisco José I. De carácter rebelde y emocionalmente inestable, como su madre, Rodolfo tuvo siempre problemas con su padre, el emperador. Lo contradijo toda su vida y llegó un momento en el que su relación fue insostenible. Se suicidó, después de planear traicionar a su progenitor, con su amante, una hermosa y enigmática baronesa húngara, María Vetsera, pero debido a que la familia Habsburgo trató de impedir que los detalles fueran del dominio público, surgieron infinidad de leyendas sobre su muerte, todas tan fantasiosas como falsas.
Otro príncipe eterno, aunque de república, fue John F. Kennedy Jr. Como hijo de un carismático y pésimo presidente asesinado  mientras ejercía sus funciones, pasó a ser una especie de príncipe en su país, y no eran pocos los que aseguraban que llegaría a ocupar la Casa Blanca. Sin embargo, la afición que los miembros de su familia tuvieron siempre por desafiar el peligro, lo hizo estrellarse en su avioneta sin poder llegar a destacar en la política.
Estos personajes nacieron con muchas expectativas puestas en ellos. Pero la muerte se les atravesó en el camino y jamás llegaron a gobernar. Fueron, o más bien son, príncipes eternos.

martes, 11 de diciembre de 2012

¿Por qué Hitler odiaba a los Habsburgo?


Hitler, como bien sabe casi todo mundo, nació en Austria y en calidad de súbdito de la dinastía Habsburgo, durante el reinado de Francisco José I, en un largo período en el que el imperio vivió de todo.
Austria era en ese entonces uno de los países más poderosos del mundo y también un rareza. Tenía colonias, como todo imperio, pero no en África, Asía o América, no, las tenía en su entorno, pegadas a sus fronteras.
Esta extraña situación que va contra cualquier ideología nacionalista, permitió al imperio Austrohúngaro ser una especie de paraíso de la libertad de cultos, de lenguas y de ideologías. Los hombres más cercanos al emperador eran nobles de diferentes nacionalidades. En el gobierno imperial podía haber italianos, polacos, bohemios, checos y…, desde luego, judíos.
Los judíos austrohúngaros incluso podían adquirir, por méritos, la codiciada preposición von que todo aristócrata austro-alemán ponía antes de su apellido para diferenciarse de los demás. Von se pronuncia fon y se traduce como de.
Esa maravilla de imperio donde cualquier persona podía vivir tranquilamente sin que le causaran problemas sus antecedentes culturales desapareció, sí, por culpa del nacionalismo. Eso de ser patriota es bueno, pero lo de ser nacionalista ya viene a ser cuestionable.
Pues bien, en ese imperio único en el mundo nació Hitler, uno de los seres más fanáticos en intransigentes que han existido. En cuanto se bañó de nacionalismo empezó a no gustarle el lugar donde vivía. No podía creer que en Viena convivieran arios con polacos, italianos, checos, croatas, rumanos y hasta con judíos.
Su odio hacia los Habsburgo surgió precisamente por eso, porque ellos crearon piedra por piedra ese imperio de libertades culturales, ese paraíso de hombres y mujeres libres que el fanatismo destruyó. Es cierto que los Habsburgo se llevaron por delante al imperio español, que era el más poderoso del mundo cuando se lo adueñaron, pero en Austria no destruyeron, allí hicieron una gran obra que defendieron con uñas y dientes hasta que el nacionalismo se volvió una fiera incontrolable.