Entradas Héroes solitarios

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Reseñas de novelas de héroes solitarios

miércoles, 18 de abril de 2012

Catalina la Grande (Joan Haslip)


Este día  voy a reseñar otro libro bastante interesante del que tampoco he encontrado ediciones recientes. Es una pena pero así son las cosas. Quizás en poco tiempo estará a la venta para leerse en e-reader, como ocurre en estos tiempos con libros descatalogados.  Pues bien, se trata de una biografía de Catalina II de Rusia, escrita por la autora británica Joan Haslip (1912-1994) en 1977.
Haslip fue de esos historiadores que se encaprichan mucho con la realeza, biografió a bastantes figuras de sangre azulada de diferentes países como a María Antonieta, Sissi, Maximiliano de México, Lucrecia Borgia, entre otros. Hizo algunas aportaciones que dieron tema para investigar a sus colegas y murió sin hacerse de mucho renombre en otras lenguas. Su obra se traduce, pero poco.
Su biografía de Catalina la Grande es buena sin ser excelente. Tiene errores, no  precisamente históricos,  pero sí literarios. Y la estructuración del libro pudo ser mejor. Sin embargo el retrato que nos ofrece de esta gran mujer es bien interesante. Y como buena historiadora no la crítica ni la cuestiona, más bien trata de entenderla. Catalina hizo mucho mal, pero eso era cosa bien común de los monarcas de entonces.
Nació en 1729 como alemana, llamándose Sofía y siendo princesa, pero princesa sin importancia, de las que había cientos. No era, como puede pensarse, hija de un rey, sino de un príncipe soberano entre comillas que pasó a la historia sin pena ni gloria. Y si alguien se acuerda de él se debe a que fue padre de una de las mujeres más listas de la historia.
Cuando Sofía era apenas una adolescente, la emperatriz de Rusia, Isabel I, andaba buscando esposa para su sobrino Pedro, otro adolescente feúcho y con bien poco cerebro. Pero como Rusia era una monarquía muy desprestigiada en Europa, una princesita sin importancia, como Sofía, habría de bastar, porque lo que quería la Emperatriz era una mujer que pariera herederos de la dinastía Romanov, sanos, fuertes y lo más pronto posible. 
Sofía fue a Rusia acompañada de su madre, una mujer ambiciosa que primero pensaba en ella, después en ella y probablemente en sueños se acordaba de su hija. Su novio no le gustó. Pedro era tal vez más tonto que feo. Pero Sofía no ignoraba lo bien que la había tratado la suerte. Aprendió lo más pronto que pudo el ruso y nada le costó cambiar de religión y de nombre.
Al poco tiempo habría de revelarse una mujer tan ambiciosa como su madre, pero con la oportunidad de hacerse de cuanto poder deseaba. Cuando su esposo subió al trono, no dudó en planear su derrocamiento y posterior asesinato. Pero no se conformó con Pedro. Catalina, siendo una no muy querida princesa alemana, llegaría a despacharse a dos emperadores de Rusia miembros de la dinastía Romanov: su esposo y el pariente de éste, Iván VI.
Le tomó pronto un descomunal amor al poder. Cuando su hijo Pablo alcanzó la mayoría de edad, ni siquiera se planteó la idea de cederle la corona. Antes lo habría matado si intentaba desbancarla.
Pero, a pesar de su forma de proceder en política, Catalina constantemente necesitaba sentirse amada, como cualquier otro ser humano. A su esposo nunca lo vio guapo y si engendraron un hijo fue por pura necesidad. Pero ella, a pesar de que podía salirle caro, nunca se abstuvo de tener amantes, a los que trató siempre muy bien, ya siendo emperatriz, los llenó de riquezas y títulos nobiliarios. A Stanislao, un polaco al que amó como loca y que al igual que otros de sus amantes la embarazó, lo hizo rey de su país. A otro, Potemkin, le dio el poder para que hiciera de Rusia lo que se le antojara.
No era guapa, pero sabía gustar, además era la Emperatriz, por ello los amantes entraban y salían de su vida gustosos. Los nobles que querían sus favores siempre estaban buscando a un buen prospecto para llevarlo a la cama de Catalina. Se esmeraban en conseguir jóvenes fuertes, atractivos y bien armados. Pero la Emperatriz aun así tenía a su catadora para que le averiguara si sus posibles amantes eran lo que prometían ser.
Joan Haslip escribió una biografía algo extensa, digna de una mujer que hizo mucho  que merece ser contando. Es una pena que por unos cuantos años no fue contemporánea de Napoleón. El duelo habría sido formidable.

martes, 17 de abril de 2012

Un mundo feliz (Aldous Huxley)

Hoy quiero hablar de una obra fascinante que desde el principio transmite una terrible soledad. Sí, es una novela que exhibe una sociedad futura, que sencillamente replantea el mundo, pero es una novela dedicada a la soledad, porque todos los personajes, y más uno que todos, están muy solos.
Un mundo feliz es un clásico. Es la obra, ni duda cabe, más celebre del británico Aldous Huxley. En ella el autor nos plantea un modelo de sociedad único y muy diferente a los que tenemos hoy y a los que había hace ochenta años, cuando se publicó.
En esta utópica  sociedad hay esclavitud. Pero no importa, porque los esclavos son felices. Se les educa desde la infancia para sentirse orgullosos de ser lo que son y contentos de no ser otra cosa.
A tan extraordinario modelo de sociedad se ha llegado después de una gran guerra, y hay principios establecidos por el Estado contra los que no se puede discrepar. Ya no hay lugar para lo viejo, ni para lo nuevo, sólo para ser feliz. Porque el Estado lo único que exige es que las personas sean felices. El dolor por la perdida de un ser querido se ha erradicado, como también la vejez, el hambre, la fealdad y hasta los dolores de parto. No existe razón alguna, por tanto, para que alguien sea infeliz.
Y como de amor se sufre, amar también está prohibido. El Estado inclusive exige la promiscuidad. Las drogas, el dilema de hoy, están legalizadas. Su consumo es obligatorio como otro requisito indispensable para ser feliz. Si alguien se siente un poco triste, sólo tiene que drogarse para no desentonar en un mundo lleno de felicidad.
Sin embargo, hay personas que no pueden ser tan felices. Bernard Marx, por ejemplo, no lo es. Aunque pertenece a la casta superior, un problema al momento de su fabricación provocó que saliera un tanto feo. Las mujeres no lo ven como blanco de su promiscuidad, y eso, entre otras cosas, le hace ser muy inestable. No encaja en la sociedad a la que pertenece. Su soledad, dadas las rígidas normas imperantes, es incurable.
Lenina Crowne es una mujer, dentro de su sociedad, perfecta: guapa, inteligente, eficiente y en la medida de lo posible promiscua. Pero también es un tanto inestable. No siempre se presta a ser feliz, como se le exige que sea, y tratando de liberarse un poco de la ansiedad que la acosa se relaciona con Bernard. Juntos van a una reserva de salvajes, algo que los hombres felices ven como un zoológico, y allí encuentran a John, el Salvaje, uno de los personajes más solitarios de la literatura universal.
A John no lo quieren donde vive porque es diferente a todos. Lenina y Bernard se lo llevan a otro lugar donde su suerte será peor. John es un joven romántico, tradicionalista, amante de Shakespeare, y adonde va todo eso está prohibido. Se enamora perdidamente de Lenina, y ella también de él, pero él quiere empezar la relación con romanticismo y ella con sexo. No se entienden.
La situación de John es sencillamente terrible. Es visto como una rareza, que lo es, y el corazón se le parte al lector al comprender que el pobre John, vaya adonde vaya, y pase el tiempo que pase, nunca jamás encontrará un lugar donde pueda vivir feliz.
Todos han sido educados para sobrevivir en la soledad a la que se les condena prohibiendo el amor y el afecto, pero John no y ya, siendo un adulto, no es posible reeducarlo. Su tormento lo seguirá allá donde vaya, y de hecho, sólo hay un lugar al que puede ir.
El trabajo de Huxley en ésta su obra maestra es estupendo. Realmente logra encerrarnos en su sociedad perfecta y también que estemos esperando terminar el libro para salir de ella, y si es posible tenderle una mano al infeliz de John para sacarlo de allí.

lunes, 16 de abril de 2012

Napoleón II y sus primos Habsburgo

Esta  pintura la realizó el artista poco conocido  Johan Elder un año antes de que muriera Napoleón II, o el duque de Reichstadt, como se le conoció en Austria. Se trató de un regalo de la archiduquesa Sofía, madre de los emperadores Francisco José de Austria y Maximiliano de México, para su suegro Francisco I, el primer emperador de Austria que también fue el último del Sacro Imperio Romano Germánico.
La intención de la Archiduquesa fue reunir en un solo cuadro a los nietos del emperador Francisco, pero como los hijos de María Leopoldina, emperatriz de Brasil, estaban muy lejos y los que había tenido en secreto la ex emperatriz de Francia María Luisa con el conde Adam von Neipperg se suponía que no existían, sólo pudieron reunir a tres de los nietos del Emperador.
El joven rubio de aparentemente veinte años de edad es el mismísimo Napoleón II, la niña es María Carolina, hija de la archiduquesa María Clementina, y el bebé no es otro que el emperador Francisco José I de Austria, quien gobernó durante sesenta y ocho largos años y murió poco antes de que terminara la Primera Guerra Mundial, la misma que pondría fin al Imperio de su ancestral familia.
Aunque Napoleón II murió cuando Francisco José era aún muy pequeño, logró conservar algunos recuerdos de él, o por lo menos lo consideró siempre como un miembro de su familia, porque cuando Napoleón III se hizo con el poder en Francia, le pidió repetidas veces que le entregara los restos mortales de su primo, pero el emperador de Austria se negó siempre. Tuvo que ser Hitler muchos años después quien devolviera el cuerpo del duque de Reichstadt a los franceses, quizás como compensación por la terrible humillación militar que les había causado. 

domingo, 15 de abril de 2012

Los Habsburgo (Dorothy Gies McGuigan)


Pasa algunas veces que leemos un libro extraordinario y cuando nos disponemos a buscar información sobre el autor en Internet no encontramos absolutamente nada, ni su biografía, ni otras obras suyas y ni siquiera su nacionalidad, nada. Como si no existiera. Cosa rara, porque hasta de quienes escriben obras insufribles a veces se encuentra algo, o mucho. Todo depende de qué tan leído sea. Por otro lado, no niego que el hecho de que el autor sea desconocido le imprime misterio y lo hace interesante, en lo que a mí respecta, claro.
Lo anterior me ha ocurrido con Dorothy Gies McGuigan, autora del libro Los Habsburgo. Apenas puedo creer que sobre ella sólo sea posible hallar bien poco en la red y que tenga que conformarme con suponer que es, o fue, de nacionalidad inglesa y que el único libro que escribió es el que hoy nos ocupa, editado en inglés en 1966 y pasado al español en 1971 por Grijalbo.   
El libro inicia con el primer Habsburgo que cobró importancia, el conde Rodolfo, porque eso eran allá por el siglo XIII, condes, lo de archiduques vino mucho después. El ya mencionado Rodolfo logró, por métodos que aún no están muy claros, ser elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en 1273. Pero el gusto a la familia no le duró mucho, la corona en ese entonces no era hereditaria y había que disponer de recursos y mañas para conservarla. No la conservaron después de Rodolfo, pero con el tiempo volvieron a adueñársela.
En aquellos turbulentos años los matrimonios eran, aparte de las guerras, la única vía para hacerse de territorios y de capital. Los Habsburgo no lo ignoraban, y recurrieron a varios convenientes matrimonios para conseguir poder. El primero fue el del archiduque Maximiliano con María de Borgoña en 1477 (para entonces los Habsburgo ya eran archiduques), el cual les sirvió para obtener incalculables riquezas y los Piases Bajos.
Pero el matrimonio que llevó a los Habsburgo a adueñarse de más o menos medio mundo fue el del archiduque Felipe, el Hermoso, con Juana de Castilla, aquella reina que de amor de volvió loca. Carlos, el primer hijo varón de este matrimonio, gobernó España, más de la mitad de Italia, los Países Bajos, lo que entonces era el Sacro Imperio y buena parte del entonces todavía desconocido Conteniente Americano, entre otros territorios sembrados por todas partes.
Para administrar bien su enorme patrimonio, la familia se dividió en dos ramas. Una vivía en España y la otra en Austria. Para no romper los lazos familiares, los archiduques austriacos se casaban siempre con sus primas españolas y lo mismo hacían los infantes españoles con sus primas austriacas. Nadie sabía entonces las consecuencias de abusar de la endogamia. Los miembros de las parejas eran primos por partida doble o triple. Eso fue lo que, dos siglos después, provocó que los Habsburgo desaparecieran de España, los legítimos, porque los bastardos, sobre todo los de Felipe IV, quedaron sembrados por toda la Península.
Pero en Austria, a pesar de las constantes guerras, el Imperio familiar sobrevivió mucho más tiempo que en España. Cuando Napoleón Bonaparte amenazó con despojarlos de sus territorios, lograron calmarlo dándole como esposa a una archiduquesa que a juicio de los cronistas de la época era bastante fea. Y aun cuando sobrevivieron a Bonaparte, su Imperio quedó herido de muerte, aunque la agonía duró un largo siglo.
Los Habsburgo se resistieron a perder su influencia y poder. Recurrieron a cuantos métodos creyeron oportunos para conservar su Imperio, algunas veces soldándole a éste territorios habitados por personas que no querían ser sus súbditos. Un Habsburgo llegó a viajar a México para consolidar un imperio en el nuevo mundo, por si en el viejo ya no los querían, pero poco tiempo después le fusilaron.
Cuando el Imperio ya difícilmente se mantenía de una sola pieza, vino la Gran Guerra y lo desapareció por completo. Pequeños países huérfanos y habitantes confundidos fue lo que quedó del que había sido en el pasado el imperio más extraño y tolerante del mundo, y quizás de todos los tiempos, porque el nacionalismo probablemente ya no va a permitir que vuelva a existir algo igual, no por lo menos en este tiempo.
Como puede verse en la bibliografía, la investigación de la desconocidísima Dorothy Gies McGuigan para escribir este libro fue titánica. Tuvo que pasarle el ojo encima a una descomunal cantidad de ensayos de historia, biografías, memorias, cartas de familia y demás documentos para poder hablar sobre una familia que gobernó en Europa seis siglos y medio, tanto tiempo como ninguna otra.

viernes, 13 de abril de 2012

El Aguilucho (André Castelot)


El historiador franco-belga André Castelot (1911-2004) escribió bastantes libros en los que biografió de buena manera a personajes  muy celebres de la Revolución francesa en adelante. Sus favoritos, como puede verse en su obra, fueron los miembros de la familia Bonaparte, empezando por el propio Emperador. Pocos historiadores han sido tan expertos en la vida de Napoleón como él.
Su adicción por el famoso corso se extendió a su hijo legítimo, Napoleón II o el Rey de Roma, para los franceses; el duque de Reichstadt o Franz, para los austriacos; y el Aguilucho para el resto del mundo. Castelot le escribió una extraordinaria biografía a este desafortunado joven que no tuvo tiempo de hacer nada. Murió cuando apenas tenía veintiún años.
Resulta un poco extraño que se le dediquen libros a un personaje no por lo que hizo, sino por lo que se esperaba que hiciera. El Duque jamás tomó una decisión que pudiera alterar en absoluto el curso de la historia. No gobernó, no fue a batalla alguna, de hecho simplemente soñó, como cualquier joven. Pero aun así le tenían mucho miedo. Quizás el que más le temía era su propio abuelo, Francisco I, quien también, a pesar de todo, lo quería.
Pero a casi todos los reyes de Europa la existencia de ese joven los inquietaba. Era el hijo del león, lo sabía todo el mundo, y con eso bastaba para que fuera peligroso. Incluso presionaban a su abuelo para que lo obligara a tomar los hábitos. Sí, querían al hijo de Napoleón con sotana, así quizás podría llegar a Papa, pero no a mariscal ni a emperador.
El interés por el que nació príncipe, fue bien pronto rey y terminó como simple duque surgió por el  hecho de que Napoleón, no el primero ni el tercero sino más bien el único, era su padre. Él planeó su destino desde mucho antes de que naciera. Le escogió la mejor madre en el terreno de la aristocracia y al nacer le dio los títulos más ostentosos. Europa entera, la mayor parte a regañadientes, celebró su venida al mundo.
Fue, a pesar de ser hijo de quien era, un buen niño. Le gustaba regalar sus juguetes, siendo que los niños comúnmente ni siquiera los prestan. El exceso de atenciones no lo hizo en extremo un niño mimado. Otro  con la mitad de esas atenciones tal vez se habría sentido un semidiós. A juzgar por su padre, era sólo un poco perezoso. Pero tomando en cuenta el ritmo de vida del Emperador cualquier persona en el mundo habría sido perezosa a los ojos de él.
Lamentablemente para el Rey de Roma, su desgracia le habría de llegar de la mano de su padre, quien no se conformaba con demostrar su poder constantemente. Llegó el momento en que se le terminaron sus soldados y entonces lo vencieron. Y el niño dejó de ser rey, y también príncipe. Ya en el exilio, su abuelo se compadeció de él y lo hizo duque, casi como sus parientes austriacos, simplemente le quitó el archi.
Pero a cambió de darle un nombre y una educación propia de un verdadero archiduque,  le quitó la libertad. El emperador Francisco I quería a su nieto, sí, pero el hijo de Napoleón lo atemorizaba, por ello tomaba sus precauciones. De una u otra forma, todo mundo sentía algo por él. Hasta los reyes querían verlo. A la mayoría sólo les inspiraba curiosidad. Querían saber si se parecía a su padre, y todos coincidían en que a pesar de ser rubio como los Habsburgo, sus ojos, terribles, eran los de Napoleón.
En cuanto se hizo hombre, en todas partes lo querían como gobernante. En Francia más que en cualquier otro lado. Pero también allí le odiaban. La situación de su abuelo era difícil. No ignoraba que su nieto lo apreciaba, de hecho era al único Habsburgo al que respetaba, pero tampoco ignoraba que deseaba seguir el destino que le había trazado su padre, y eso significaba problemas para Europa.
No fue, a pesar de todo, necesario encerrarlo u obligarlo a tomar los hábitos, el Duque les resolvió el problema muriéndose, sin volver jamás a Francia, donde el ejército se hubiera echado al suelo para besarle los pies. No tuvo tiempo de hacer nada significativo, para muchos incluso murió casto. Aunque otros aseguraron que fue el padre biológico del que llegaría a ser emperador y también mártir de México, el archiduque Maximiliano. Y otros, aún más atrevidos o más soñadores, llegaron a insinuar que el emperador de Austria, Francisco José I, también era de sangre Bonaparte por culpa del Duque. Leyendas todas con las que los franceses quisieron vengarse de los austriacos por haberles robado a su príncipe.
El libro es más fácil de encontrar en español con el nombre de El Rey de Roma, y lamento decir que no he hallado una edición reciente. Es una lastima porque se trata de una excelente biografía, pero quien domine el inglés puede adquirirlo con el mismo titulo, The King of Rome

jueves, 12 de abril de 2012

El Príncipe (Nicolás Maquiavelo)


Nicolás Maquiavelo vivió en una época difícil y en un país aún más difícil. En sus tiempos no había conceptos tan sagrados hoy como integridad territorial, soberanía o gobernante legitimo. En aquel rompecabezas que era la Italia renacentista se valía de todo. Envenenar al hermano, al primo o al padre, mandarlos matar en la oscuridad de la noche para ocupar su puesto, invadir pequeños territorios para apoderarse de ellos, pasar a cuchillo a rivales por aristocráticos que fueran, entre otros tantos tipos de atrocidades, eran moneda común, demasiado común. Los gobernantes tenían que ser poco más que despiadados para salvar, antes que cualquier otra cosa, la vida y luego para poder durar en el puesto y agrandar su territorio.
En este caldero hirviendo no podía haber buenos gobernantes que también fueran buenos en el sentido moral de la palabra. Maquiavelo así lo entendió y se dio a la tarea de escribir un ensayo para sentar las bases de lo que habría de ser, según él, un buen gobernante o, mejor dicho, un gobernante eficiente.
Usó los acontecimientos históricos más revelantes de su época, muchos ocurridos en la propia Italia, para explicar su teoría respecto a cómo tenía que actuar un gobernante para tener éxito. El resultado fue un libro algo breve, bastante bien escrito y repleto de frases y reflexiones sencillamente extraordinarias. El entorno en el que vivía Maquiavelo, bastante hostil, con gobiernos efímeros y gobernantes con triste final, lo llevó a desarrollar una teoría bastante contundente y libre de hipocresías con frases como: a los hombres hay que conquistarlos o eliminarlos. Nada de términos medios, si un puñado de súbditos no querían serlo sencillamente tenían que desaparecer.
Las teorías de El Príncipe siguen vigentes no sólo porque Maquiavelo fue muy acertado al juzgar los acontecimientos de su tiempo, sino porque lo que ha venido ocurriendo después a muchos países y gobernantes no escapa a los lineamientos establecidos por él. Para evitar una guerra nunca se debe dejar que un desorden siga su curso dijo Maquiavelo, y la historia reciente nos demuestra que los desordenes no controlados a tiempo siempre terminan en cosas terribles.
Como hombre muy propio de su tiempo, Maquiavelo poco se fija en lo moralmente correcto al momento de darnos sus consejos, para él el hecho de que un gobernante fuera brutal poco importaba. Dividió a los príncipes en dos grupos solamente: los que conseguían sus propósitos, que a la vez eran zorro y león, y que podían carecer de virtudes pero aparentar muy bien tenerlas; y los que simplemente no conseguían sus propósitos, a los que criticó duramente. Maquiavelo en nuestro tiempo habría elogiado a un dictador que se perpetúa medio siglo como amo y señor de su país a costa de sangre y más sangre por su logro
Y eso fue precisamente lo que el hizo con el temible duque Valentino, es decir, César Borgia, el más asesino de los Borgia -familia que practicaba asiduamente el oficio-, capaz de los crímenes más perversos para satisfacer su ambición. Pero Maquiavelo no veía los crímenes, sino los logros, y de éstos César alcanzó muchos con ayuda de su crueldad y de su poderoso padre, el santo padre. Ante las proezas del temido Duque, Maquiavelo se quedó perplejo y lo dejó más que claro: No me cansaré nunca de elogiar a César Borgia y su conducta. En tal caso El Príncipe no es un manual para hacer el bien, sino para hacer cosas grandes aunque estén cimentadas en crueldad.
Pero allí no termina la obra. Su autor sin duda pensó sólo en crear un libro para orientar a los gobernantes en su forma de proceder, pero El Príncipe es hoy para muchos un manual de vida y en el mejor de los casos para empresarios una guía del éxito. Salió a la luz en 1513 y sigue vigente. Y tomando en cuenta que cambia el mundo pero el hombre, en cuanto a sus ambiciones, siempre es el mismo, El Príncipe seguirá siendo un manual nada desdeñable hasta que el hombre deje de existir, si es que eso ocurre algún día.