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miércoles, 25 de abril de 2012

Alfred van der Smissen y Maxime Weygand, ¿padre e hijo?

                                
                                       

               Alfred van der Smissen                                         Maxime Weygand 

Maxime Weygand fue un general francés de cierto renombre. Participó en las dos guerras mundiales, con mayor suerte en la Primera que en la Segunda, siendo, en esta última, derrotado con demasiada rapidez por los alemanes.
A pesar de ser historicamente francés, no nació en Francia, sino en Bélgica, de padres desconocidos. El apellido Weygand se lo cosieron ya mayorcito, habiendo llevado otro en la niñez. Se inclinó por la carrera militar y estudió en Saint-Cyr, lo que evidenciaba que el huérfano tenía un protector para quien el dinero no era problema.
En la Primera Guerra Mundial destacó por ser el brazo derecho del general Ferdinand Foch. Veinte años después, en la Segunda, lo hicieron volver del retiro para que se ocupara del ejército que habría de hacer frente  a la invasión alemana. Poco pudo hacer y los franceses recibieron una de sus peores humillaciones en su historia militar. Al terminar la guerra se salvó de milagro de ser pasado por las armas debido a su colaboración con el gobierno de Pétain, después se retiró definitivamente y murió ya muy longevo, cuando poco le faltaba para ajustar un siglo de vida.
Años más tarde, la historiadora britanita Joan Haslip notó algo que había pasado desapercibido para otros: el enorme parecido que existía entre Weygand y Alfred van der Smissen, un militar belga que había sido enviado a México por el rey Leopoldo I para cuidar a su hija, la emperatriz Carlota. La calidad de huérfano de Weygand provocó un sin fin de teorías. La más popular siempre ha sido que mientras el archiduque Maximiliano, esposo de Carlota, trataba de consolidar su imperio, ella le era infiel con Alfred van der Smissen.
Algunos historiadores aseguran que el protector que tenía Weygand de niño no era otro que el rey Leopoldo II de Bélgica, el “tío”, pero ésa no es la única teoría. Según otras fuentes, aunque Weygand sí fue engendrado en México, y por Alfred van der Smissen, su madre no fue la Emperatriz, sino una de sus damas de compañía, la condesa Melanie Zichy, hija del famoso príncipe y canciller de Austria, Clemens von Metternich.
Quizás la verdad nunca se sepa. No hay motivo para desenterrar cuerpos y hacer pruebas de ADN. El propio Weygand, que de seguro sabía más que todo el mundo, nunca dijo públicamente una palabra respecto a sus progenitores. Sus motivos tendría.
Yo, por mi parte, no encuentro tanto parecido como otros que aseguran que son idénticos.  ¿Alguien sí los ve tan iguales como dos gotas de agua?                  

miércoles, 18 de abril de 2012

Catalina la Grande (Joan Haslip)


Este día  voy a reseñar otro libro bastante interesante del que tampoco he encontrado ediciones recientes. Es una pena pero así son las cosas. Quizás en poco tiempo estará a la venta para leerse en e-reader, como ocurre en estos tiempos con libros descatalogados.  Pues bien, se trata de una biografía de Catalina II de Rusia, escrita por la autora británica Joan Haslip (1912-1994) en 1977.
Haslip fue de esos historiadores que se encaprichan mucho con la realeza, biografió a bastantes figuras de sangre azulada de diferentes países como a María Antonieta, Sissi, Maximiliano de México, Lucrecia Borgia, entre otros. Hizo algunas aportaciones que dieron tema para investigar a sus colegas y murió sin hacerse de mucho renombre en otras lenguas. Su obra se traduce, pero poco.
Su biografía de Catalina la Grande es buena sin ser excelente. Tiene errores, no  precisamente históricos,  pero sí literarios. Y la estructuración del libro pudo ser mejor. Sin embargo el retrato que nos ofrece de esta gran mujer es bien interesante. Y como buena historiadora no la crítica ni la cuestiona, más bien trata de entenderla. Catalina hizo mucho mal, pero eso era cosa bien común de los monarcas de entonces.
Nació en 1729 como alemana, llamándose Sofía y siendo princesa, pero princesa sin importancia, de las que había cientos. No era, como puede pensarse, hija de un rey, sino de un príncipe soberano entre comillas que pasó a la historia sin pena ni gloria. Y si alguien se acuerda de él se debe a que fue padre de una de las mujeres más listas de la historia.
Cuando Sofía era apenas una adolescente, la emperatriz de Rusia, Isabel I, andaba buscando esposa para su sobrino Pedro, otro adolescente feúcho y con bien poco cerebro. Pero como Rusia era una monarquía muy desprestigiada en Europa, una princesita sin importancia, como Sofía, habría de bastar, porque lo que quería la Emperatriz era una mujer que pariera herederos de la dinastía Romanov, sanos, fuertes y lo más pronto posible. 
Sofía fue a Rusia acompañada de su madre, una mujer ambiciosa que primero pensaba en ella, después en ella y probablemente en sueños se acordaba de su hija. Su novio no le gustó. Pedro era tal vez más tonto que feo. Pero Sofía no ignoraba lo bien que la había tratado la suerte. Aprendió lo más pronto que pudo el ruso y nada le costó cambiar de religión y de nombre.
Al poco tiempo habría de revelarse una mujer tan ambiciosa como su madre, pero con la oportunidad de hacerse de cuanto poder deseaba. Cuando su esposo subió al trono, no dudó en planear su derrocamiento y posterior asesinato. Pero no se conformó con Pedro. Catalina, siendo una no muy querida princesa alemana, llegaría a despacharse a dos emperadores de Rusia miembros de la dinastía Romanov: su esposo y el pariente de éste, Iván VI.
Le tomó pronto un descomunal amor al poder. Cuando su hijo Pablo alcanzó la mayoría de edad, ni siquiera se planteó la idea de cederle la corona. Antes lo habría matado si intentaba desbancarla.
Pero, a pesar de su forma de proceder en política, Catalina constantemente necesitaba sentirse amada, como cualquier otro ser humano. A su esposo nunca lo vio guapo y si engendraron un hijo fue por pura necesidad. Pero ella, a pesar de que podía salirle caro, nunca se abstuvo de tener amantes, a los que trató siempre muy bien, ya siendo emperatriz, los llenó de riquezas y títulos nobiliarios. A Stanislao, un polaco al que amó como loca y que al igual que otros de sus amantes la embarazó, lo hizo rey de su país. A otro, Potemkin, le dio el poder para que hiciera de Rusia lo que se le antojara.
No era guapa, pero sabía gustar, además era la Emperatriz, por ello los amantes entraban y salían de su vida gustosos. Los nobles que querían sus favores siempre estaban buscando a un buen prospecto para llevarlo a la cama de Catalina. Se esmeraban en conseguir jóvenes fuertes, atractivos y bien armados. Pero la Emperatriz aun así tenía a su catadora para que le averiguara si sus posibles amantes eran lo que prometían ser.
Joan Haslip escribió una biografía algo extensa, digna de una mujer que hizo mucho  que merece ser contando. Es una pena que por unos cuantos años no fue contemporánea de Napoleón. El duelo habría sido formidable.