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sábado, 21 de abril de 2012

El arte de la guerra (Sun Tzu)


Sun Tzu fue un general chino que vivió hace dos milenios y medio. No está muy claro si ganó muchas batallas, pero por algo llegó a general, y algunos historiadores sí lo sitúan como un estratega brillante. Lo que sí está más o menos claro que hizo fue escribir un tratado sobre el oficio más viejo del mundo…: la guerra. Aunque debido a la antigüedad del documento siempre habrá controversia.
Lo que es bien cierto es que el texto existe y que además es magnifico. Ha sido estudiado por militares desde hace siglos para aprender, básicamente, cómo matar a otros antes de que esos otros los maten a ellos.
Si analizamos algunas batallas celebres de la historia, podemos ver que efectivamente los estrategas estudiaron y siguieron al pie de la letra las enseñanzas de este militar chino. Una muestra clara es la Batalla de Austerlitz, ganada por Napoleón a los emperadores Alejandro I de Rusia y Francisco I de Austria. Allí Bonaparte, como recomienda Sun Tzu, fingió debilidad todo cuanto fue necesario. Después, cuando la situación le era más favorable, demostró su demoledora habilidad.
Pero no sólo en las batallas de Napoleón puede verse una clara influencia de Sun Tzu, muchos otros militares han demostrado en el campo de batalla lo útil de este tratado. Y otros teóricos indudablemente lo han utilizado para enriquecer los propios. Hace poco reseñé El Príncipe,  de Nicolás Maquiavelo, obra en la que puede verse una clara influencia de Sun Tzu. Lo mismo ocurre, por poner otro ejemplo, en el libro De la guerra, escrito por el militar prusiano Carl von Clausewitz. También me he dado cuenta de que algunos historiadores, en sus obras sobre acontecimientos bélicos, lo ponen en la bibliografía, creo que para dejar claro a sus lectores que saben de qué trata una guerra. Por lo anterior es innegable que el librito, porque es en realidad un libro algo breve, justifica bien sus veinticinco siglos de vigencia.
Sun Tzu nos dice en él que aquel militar que siga sus consejos ganará la batalla sin duda alguna. Eso, evidentemente, no es del todo cierto. Si a un general le falta coraje, determinación y sangre fría, tendrá que ordenar la retirada así tenga un mejor ejército que su enemigo y el texto de Sun Tzu en sus manos.
No obstante, El arte de la guerra tiene una utilidad extraordinaria para quien no sólo lo entienda bien, cosa sencilla, sino que sepa valerse correctamente de él. El libro puede servir hasta para ganar un conflicto de chismes de vecindario, porque en este mundo toda competencia, por sencilla que sea, es, si se quiere ver así, una guerra.
Los empresarios, según parece, le hallaron la utilidad al tratado hace ya bastante tiempo,  pero también le puede servir a un entrenador deportivo, a un profesor que no puede con sus alumnos, a alguien que quiere divorciarse de su pareja y básicamente a todo el que tenga coraje para competir.

El arte de la guerra es un libro que deberíamos de estudiar todos porque nos ofrece las formas de ganar una batalla, en cualquier campo, aun no teniendo las armas que hacen falta para ello. Es una obra imprescindible hasta para los que no quieren jamás encontrarse en un conflicto, porque a los conflictos rara vez se entra por gusto, la mayoría de las veces llegan sin ser llamados.

jueves, 12 de abril de 2012

El Príncipe (Nicolás Maquiavelo)


Nicolás Maquiavelo vivió en una época difícil y en un país aún más difícil. En sus tiempos no había conceptos tan sagrados hoy como integridad territorial, soberanía o gobernante legitimo. En aquel rompecabezas que era la Italia renacentista se valía de todo. Envenenar al hermano, al primo o al padre, mandarlos matar en la oscuridad de la noche para ocupar su puesto, invadir pequeños territorios para apoderarse de ellos, pasar a cuchillo a rivales por aristocráticos que fueran, entre otros tantos tipos de atrocidades, eran moneda común, demasiado común. Los gobernantes tenían que ser poco más que despiadados para salvar, antes que cualquier otra cosa, la vida y luego para poder durar en el puesto y agrandar su territorio.
En este caldero hirviendo no podía haber buenos gobernantes que también fueran buenos en el sentido moral de la palabra. Maquiavelo así lo entendió y se dio a la tarea de escribir un ensayo para sentar las bases de lo que habría de ser, según él, un buen gobernante o, mejor dicho, un gobernante eficiente.
Usó los acontecimientos históricos más revelantes de su época, muchos ocurridos en la propia Italia, para explicar su teoría respecto a cómo tenía que actuar un gobernante para tener éxito. El resultado fue un libro algo breve, bastante bien escrito y repleto de frases y reflexiones sencillamente extraordinarias. El entorno en el que vivía Maquiavelo, bastante hostil, con gobiernos efímeros y gobernantes con triste final, lo llevó a desarrollar una teoría bastante contundente y libre de hipocresías con frases como: a los hombres hay que conquistarlos o eliminarlos. Nada de términos medios, si un puñado de súbditos no querían serlo sencillamente tenían que desaparecer.
Las teorías de El Príncipe siguen vigentes no sólo porque Maquiavelo fue muy acertado al juzgar los acontecimientos de su tiempo, sino porque lo que ha venido ocurriendo después a muchos países y gobernantes no escapa a los lineamientos establecidos por él. Para evitar una guerra nunca se debe dejar que un desorden siga su curso dijo Maquiavelo, y la historia reciente nos demuestra que los desordenes no controlados a tiempo siempre terminan en cosas terribles.
Como hombre muy propio de su tiempo, Maquiavelo poco se fija en lo moralmente correcto al momento de darnos sus consejos, para él el hecho de que un gobernante fuera brutal poco importaba. Dividió a los príncipes en dos grupos solamente: los que conseguían sus propósitos, que a la vez eran zorro y león, y que podían carecer de virtudes pero aparentar muy bien tenerlas; y los que simplemente no conseguían sus propósitos, a los que criticó duramente. Maquiavelo en nuestro tiempo habría elogiado a un dictador que se perpetúa medio siglo como amo y señor de su país a costa de sangre y más sangre por su logro
Y eso fue precisamente lo que el hizo con el temible duque Valentino, es decir, César Borgia, el más asesino de los Borgia -familia que practicaba asiduamente el oficio-, capaz de los crímenes más perversos para satisfacer su ambición. Pero Maquiavelo no veía los crímenes, sino los logros, y de éstos César alcanzó muchos con ayuda de su crueldad y de su poderoso padre, el santo padre. Ante las proezas del temido Duque, Maquiavelo se quedó perplejo y lo dejó más que claro: No me cansaré nunca de elogiar a César Borgia y su conducta. En tal caso El Príncipe no es un manual para hacer el bien, sino para hacer cosas grandes aunque estén cimentadas en crueldad.
Pero allí no termina la obra. Su autor sin duda pensó sólo en crear un libro para orientar a los gobernantes en su forma de proceder, pero El Príncipe es hoy para muchos un manual de vida y en el mejor de los casos para empresarios una guía del éxito. Salió a la luz en 1513 y sigue vigente. Y tomando en cuenta que cambia el mundo pero el hombre, en cuanto a sus ambiciones, siempre es el mismo, El Príncipe seguirá siendo un manual nada desdeñable hasta que el hombre deje de existir, si es que eso ocurre algún día.