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viernes, 21 de septiembre de 2012

La familia y la propaganda política, de Napoleón a Obama


Un político comúnmente se sirve de lo que tiene a la mano para hacerse el simpático, el inteligente, el bueno, para ganar popularidad. Muchos usan a su familia si ésta tiene posibilidades de acarrear simpatías. Eso no me resulta raro, lo raro, o curioso, es que los políticos suelan copiar los trucos que ya utilizaron otros y que eso quede plasmado en imágenes.
Aquí está Napoleón dominando Europa con la mente -luego lo hacía con las armas-, mientras su hijo, el príncipe imperial,  rey de Roma y futuro duque de Reichstadt, duerme placidamente. La pintura es tan buena que siglo y medio después alguien la copió.
En esta imagen vemos a John F. Kennedy resolviendo la Guerra Fría desde la Casa Blanca mientras su hijo se entretiene ajeno a todo aquello. La imagen es una clarísima copia a la de Napoleón, desde luego.
Pero con Kennedy no terminaron las copias. Medio siglo después Obama ha creído que es posible hacerlo una vez más.

domingo, 1 de julio de 2012

Napoleón y María Luisa


Napoleón se casó con su amadísima Josefina siendo muy joven y un tanto ingenuo en el amor, característica que conservó con los años. Todavía no era emperador, ni siquiera militar famoso. Había llegado a general con apenas veintitrés años, pero gracias a la Revolución que exigía oficiales capaces aunque fueran de la plebe debido a que los aristócratas ya los habían guillotinado.
Josefina se lo pensó mucho antes de darle el sí definitivo al generalito que no le gustaba nada físicamente, que era torpemente romántico, de pene pequeño (por si a ella le importaba el tamaño) y con porvenir muy dudoso. Pero finalmente se decidió porque, fuera como fuera, era un general y ella ya estaba madurando, su belleza pronto acabaría y entonces ya no habría siquiera un cabo corneta dispuesto a desposarla.
Nunca imaginó que aquel general aparentemente insignificante la llevaría al trono de Francia. Pero lo hizo. Y lo hizo porque la amaba con locura. Estaba entorpecido de amor y de pasión por ella y no deseaba más que hacerla feliz. Ella pensaba de manera diferente. Mientras él se batía como león en los campos de batalla, aprovechaba sus ausencias para hacerlo crecer con veinte centímetros de cuernos.
Pero Napoleón la perdonaba siempre. La amaba. Pero cuando llegó a emperador, le dio por amarse más a sí mismo. Entonces pensó en que, para que su grandeza fuera eterna, necesitaba un hijo. Josefina no se lo había dado, pero le atribuía el problema a él debido a que ella tenía dos hijos de su primer esposo. Napoleón sabía que eso era lógico y aceptaba su esterilidad. Josefina, que tonta no era, le ocultaba un accidente en el que se había golpeado fuertemente el vientre.
Mas todo cambió cuando la amante polaca del Emperador, María Walewska, quedó embarazada. Entonces Napoleón supo que él no era estéril y que podía conseguir un hijo legítimo que incluso fuera medio aristócrata. Para ello necesitaba divorciarse de Josefina, y lo hizo con las sencillas palabras: “Aún te amo, pero en política el amor no cuenta”.
Después se puso a analizar el mercado de princesas. Los monarcas de Europa le tenían pavor, ya los había vencido demasiadas veces y no le costaba nada incluso destronarlos para colocar a uno de sus hermanos en el trono que se le antojara, como era su costumbre.
Le echó el ojo a la hermana del zar Alejandro I de Rusia, casi una niña y él ya era un cuarentón. El Zar no dijo que no, pero tampoco que sí, con la esperanza de que Napoleón pusiera sus ojos en otra parte. Y lo hizo. Más aristocráticos que los Romanov eran los Habsburgo. Y el emperador Francisco I tenía una hija apenas unos años mayor que la hermana del Zar que se ajustaba perfectamente a los deseos de Napoleón.
Para el emperador de Austria aquello era terrible. Darle a su hija, una archiduquesa, a un general corso aristocratizado por la vía de las armas y al que odiaba profundamente era algo inconcebible. Jamás se había visto tal cosa. Pero Austria estaba muy cerca de Francia, los ejércitos franceses podían llegar allí en cuestión de días, ¿qué podía hacer?
Por otro lado, ser el suegro del hombre más poderoso del mundo significaba, así lo creía Francisco, la paz con él. María Luisa, la archiduquesa, lloró y lloró. No quería ser la esposa de Napoleón. Pero, aristócrata como era, sabedora de que las princesas eran para esos fines, aceptó por fin su destino. Cuando llegó a Francia contrastó enormemente con su esposo. Él apenas le llegaba al cuello y la diferencia de edades era notable.
Pero se encariñó con su puesto de emperatriz, Napoleón era bueno con ella. Lo consideró buen amante (no había conocido otros, pero lo haría), y al poco tiempo se declaró profundamente enamorada del Emperador y completamente feliz. Pero su esposo era más adicto a la guerra que a cualquier otra cosa. Y la guerra terminó por destruirlo, entonces ella no dudó mucho en volver con su padre. Conoció a un militar alto, tuerto, fanfarrón, y se convirtió en su amante. Adam von Neipperg no era un genio para la guerra como Napoleón, pero sí mejor amante y eso a la archiduquesa le bastaba.
Se olvidó por completo de Napoleón. La aterrorizaba la idea de tener que ir junto a él a la isla de Elba. Y cuando murió dijo, contradiciéndose a sí misma, que jamás lo había amado. En eso fue bien correspondida. Napoleón tampoco la amó. Desde que se fijó en ella dejó bien claro que lo que él quería era un vientre adecuado para que pariera a su hijo. A la que realmente amó el Emperador hasta el día de su muerte fue a Josefina, aquélla que, para su desgracia, tampoco lo amó a él.

domingo, 3 de junio de 2012

El francés en tiempos de las monarquías


Actualmente el francés sigue siendo un idioma muy popular. Sin embargo, ni de broma puede compararse su situación actual con la que tenía hasta antes de la Primera Guerra Mundial, cuando era el idioma más importante del mundo.
Hubo una época, cuando este mundo era de los reyes, en que el francés tenía que hablarlo cualquier hijo bien nacido, o que cuando menos eso aparentara. Los miembros de las familias reales de cualquier país, llámese Inglaterra, Rusia, el Sacro Imperio, Suecia, etc, tenían que hablar el francés tan bien, e incluso mejor, que su lengua materna.
Los nobles no eran la excepción, al igual que sus superiores los reyes, debían de dominar el francés desde muy temprana edad, con fluidez, con buen acento y bien escrito, nada de en abonos y señas. Los burgueses, por lo tanto, sabiendo que para poder progresar tenían que llevar buenas relaciones con la nobleza, y que para tal efecto un buen dominio del francés siempre serviría,  se esmeraban en ser francoparlantes.
Los escritores de cualquier país, anteponiendo siempre a sus colegas franceses por encima de los del resto del mundo, también se esmeraban por dominar el francés mejor que su lengua materna. Algunos abandonaban ésta para escribir en francés. Sabían que así serían más leídos. Los libros que originalmente se escribían en francés, muchas veces eran exportados sin necesidad de traducirse, porque estaban destinados sólo a la gente culta, la que dominaba el idioma.
Cuando el mariscal Bernadotte, francés de nacimiento y militar a las órdenes de Napoleón, fue coronado como rey de Suecia, jamás, a pesar de que su reinado fue largo, pudo aprender el sueco. No le hizo falta, cierto, porque como rey que era sólo hablaba con la nobleza, y toda ésta dominaba a la perfección el francés.
Muchos franceses sin titulo ni renombre alguno, que podían procurarse una modesta cultura, emigraban a otros países con la intención de ser contratados por nobles familias para que les educaran a sus hijos. Era muy común y una especie de moda que un niño noble tuviera un preceptor francés, entre otras cosas, para que aprendiera el idioma con  el acento deseado.
Esta situación no cambió en nada con la Revolución francesa; en tiempos de los napoleones el idioma continuó siendo el preferido de la aristocracia europea, aunque de ellos, los napoleones, el primero hablaba mejor el corso y el segundo y el tercero el alemán.
Pero todo, o casi todo, tiene un final. En un país muy alejado de Francia, en el norte de América, algunos hijos de nadie, cuando no de vecino, a fuerza de sesos y de trabajo se hicieron ricos, muchos y mucho, y su idioma, el inglés, pronto se fue imponiendo en el mundo, y no sólo a la nobleza, también a la clase media le fue dando por aprenderlo. Y el francés, como alguna vez el griego, fue quedando relegado, no sin antes dejar honda huella en el mundo.

sábado, 21 de abril de 2012

El arte de la guerra (Sun Tzu)


Sun Tzu fue un general chino que vivió hace dos milenios y medio. No está muy claro si ganó muchas batallas, pero por algo llegó a general, y algunos historiadores sí lo sitúan como un estratega brillante. Lo que sí está más o menos claro que hizo fue escribir un tratado sobre el oficio más viejo del mundo…: la guerra. Aunque debido a la antigüedad del documento siempre habrá controversia.
Lo que es bien cierto es que el texto existe y que además es magnifico. Ha sido estudiado por militares desde hace siglos para aprender, básicamente, cómo matar a otros antes de que esos otros los maten a ellos.
Si analizamos algunas batallas celebres de la historia, podemos ver que efectivamente los estrategas estudiaron y siguieron al pie de la letra las enseñanzas de este militar chino. Una muestra clara es la Batalla de Austerlitz, ganada por Napoleón a los emperadores Alejandro I de Rusia y Francisco I de Austria. Allí Bonaparte, como recomienda Sun Tzu, fingió debilidad todo cuanto fue necesario. Después, cuando la situación le era más favorable, demostró su demoledora habilidad.
Pero no sólo en las batallas de Napoleón puede verse una clara influencia de Sun Tzu, muchos otros militares han demostrado en el campo de batalla lo útil de este tratado. Y otros teóricos indudablemente lo han utilizado para enriquecer los propios. Hace poco reseñé El Príncipe,  de Nicolás Maquiavelo, obra en la que puede verse una clara influencia de Sun Tzu. Lo mismo ocurre, por poner otro ejemplo, en el libro De la guerra, escrito por el militar prusiano Carl von Clausewitz. También me he dado cuenta de que algunos historiadores, en sus obras sobre acontecimientos bélicos, lo ponen en la bibliografía, creo que para dejar claro a sus lectores que saben de qué trata una guerra. Por lo anterior es innegable que el librito, porque es en realidad un libro algo breve, justifica bien sus veinticinco siglos de vigencia.
Sun Tzu nos dice en él que aquel militar que siga sus consejos ganará la batalla sin duda alguna. Eso, evidentemente, no es del todo cierto. Si a un general le falta coraje, determinación y sangre fría, tendrá que ordenar la retirada así tenga un mejor ejército que su enemigo y el texto de Sun Tzu en sus manos.
No obstante, El arte de la guerra tiene una utilidad extraordinaria para quien no sólo lo entienda bien, cosa sencilla, sino que sepa valerse correctamente de él. El libro puede servir hasta para ganar un conflicto de chismes de vecindario, porque en este mundo toda competencia, por sencilla que sea, es, si se quiere ver así, una guerra.
Los empresarios, según parece, le hallaron la utilidad al tratado hace ya bastante tiempo,  pero también le puede servir a un entrenador deportivo, a un profesor que no puede con sus alumnos, a alguien que quiere divorciarse de su pareja y básicamente a todo el que tenga coraje para competir.

El arte de la guerra es un libro que deberíamos de estudiar todos porque nos ofrece las formas de ganar una batalla, en cualquier campo, aun no teniendo las armas que hacen falta para ello. Es una obra imprescindible hasta para los que no quieren jamás encontrarse en un conflicto, porque a los conflictos rara vez se entra por gusto, la mayoría de las veces llegan sin ser llamados.

sábado, 7 de abril de 2012

Napoleón y María Walewska. La fiel amante del emperador (Jorge Zicolillo)


Los libros que retratan a las grandes parejas de la Historia pueden ser interesantes, sobre todo si uno de los integrantes de una de esas parejas es el militar más temido de todos los tiempos, Napoleón Bonaparte. La más celebre de sus mujeres es sin duda a la que más amó, Josefina, pero no por ello deja de ser interesante aquélla a la que siempre mantuvo oculta, que escribió junto con él una gran historia de amor y que, entre otras más cosas, le dio a su primogénito.
María Walewska era una noble, y ya señora, polaca cuando llegó a su muy desgraciado país Napoleón Bonaparte, el hombre más poderoso del mundo que era visto como poco menos que una divinidad por los polacos por la razón de que había humillado cuanto había querido a rusos y a austriacos, sus verdugos.
Cuando Napoleón conoció a María se encaprichó con ella. Y sin muchos preámbulos pretendió llevarla a su cama. Pero María era una mujer bien educada, noble pues, casada y con un hijo, y aunque su marido ya tenía muchísimos años y un pie en la tumba, ella no quería prestarse para ser la amante pública del Emperador. Pero el pueblo polaco, ansioso de hacerse con tan poderoso protector, orilló a la joven a convertirse en la amante del gran general.
Con el tiempo nació el amor y también un hijo, lo cual sorprendió al Emperador, quien, como no había podido embarazar a Josefina, madre ya de dos hijos de su primer esposo, creía que era estéril. Pero cuando Napoleón supo que María estaba embarazada, no dudó que el hijo que esperaba era suyo.
Y aunque se divorció de Josefina, básicamente porque no le podía dar un heredero, Napoleón no se atrevió a convertir a María en su esposa ni a Alejandro, su hijo, en su heredero. Para tales puestos tenía destinada a otra María, pero muy aristocrática ella, Habsburgo para más señas, y a otro niño, Napoleón, como el padre y, él sí, hijo legitimo.
El destino de María Walewska fue estar a la sombra de las esposas del Emperador, siempre escondida, dispuesta para consolarlo en sus derrotas, para amarlo y parar serle fiel como ninguna de sus esposas pudo serlo. Él era el hombre más extraordinario de su tiempo y ella sólo era una mujer romántica, él quería el mundo y ella tal vez únicamente a él, por eso en contadas ocasiones fueron felices juntos.
Napoleón y María Walewska me ha gustado. El autor posee un estilo agradable que impide aburrirse. Fue por eso que decidí buscar más obras suyas y me he encontrado con que fue acusado de plagio, al parecer de forma bastante evidente, entre otras cosas. Por lo que al libro se refiere, tiene por allí no pocas erratas, cosa a veces común en los libros que los editores deberían de esmerarse en evitar.
Al igual que con el libro de la reseña anterior, he visto que  éste, para quien quiera hacerse con él sin salir de casa, está a la venta en Amazon en formato digital.