Entradas Héroes solitarios

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Reseñas de novelas de héroes solitarios

domingo, 1 de julio de 2012

El príncipe de la soledad gratis en PDF


Hace unos meses reseñé El príncipe de la soledad, de Adam J. Oderoll, una imperdible novela del género fantástico, llena de misterios y con personajes que saben ganarse al lector, de las que son difíciles de hallar en estos tiempos con tanta bazofia que anda por allí.
Acabo de ver en el blog de la novela que puede descargarse gratis en formato PDF. Quien quiera echarle un ojo o leérsela de una vez,  pinche aquí. Doy fe de que no decepciona.


Napoleón y María Luisa


Napoleón se casó con su amadísima Josefina siendo muy joven y un tanto ingenuo en el amor, característica que conservó con los años. Todavía no era emperador, ni siquiera militar famoso. Había llegado a general con apenas veintitrés años, pero gracias a la Revolución que exigía oficiales capaces aunque fueran de la plebe debido a que los aristócratas ya los habían guillotinado.
Josefina se lo pensó mucho antes de darle el sí definitivo al generalito que no le gustaba nada físicamente, que era torpemente romántico, de pene pequeño (por si a ella le importaba el tamaño) y con porvenir muy dudoso. Pero finalmente se decidió porque, fuera como fuera, era un general y ella ya estaba madurando, su belleza pronto acabaría y entonces ya no habría siquiera un cabo corneta dispuesto a desposarla.
Nunca imaginó que aquel general aparentemente insignificante la llevaría al trono de Francia. Pero lo hizo. Y lo hizo porque la amaba con locura. Estaba entorpecido de amor y de pasión por ella y no deseaba más que hacerla feliz. Ella pensaba de manera diferente. Mientras él se batía como león en los campos de batalla, aprovechaba sus ausencias para hacerlo crecer con veinte centímetros de cuernos.
Pero Napoleón la perdonaba siempre. La amaba. Pero cuando llegó a emperador, le dio por amarse más a sí mismo. Entonces pensó en que, para que su grandeza fuera eterna, necesitaba un hijo. Josefina no se lo había dado, pero le atribuía el problema a él debido a que ella tenía dos hijos de su primer esposo. Napoleón sabía que eso era lógico y aceptaba su esterilidad. Josefina, que tonta no era, le ocultaba un accidente en el que se había golpeado fuertemente el vientre.
Mas todo cambió cuando la amante polaca del Emperador, María Walewska, quedó embarazada. Entonces Napoleón supo que él no era estéril y que podía conseguir un hijo legítimo que incluso fuera medio aristócrata. Para ello necesitaba divorciarse de Josefina, y lo hizo con las sencillas palabras: “Aún te amo, pero en política el amor no cuenta”.
Después se puso a analizar el mercado de princesas. Los monarcas de Europa le tenían pavor, ya los había vencido demasiadas veces y no le costaba nada incluso destronarlos para colocar a uno de sus hermanos en el trono que se le antojara, como era su costumbre.
Le echó el ojo a la hermana del zar Alejandro I de Rusia, casi una niña y él ya era un cuarentón. El Zar no dijo que no, pero tampoco que sí, con la esperanza de que Napoleón pusiera sus ojos en otra parte. Y lo hizo. Más aristocráticos que los Romanov eran los Habsburgo. Y el emperador Francisco I tenía una hija apenas unos años mayor que la hermana del Zar que se ajustaba perfectamente a los deseos de Napoleón.
Para el emperador de Austria aquello era terrible. Darle a su hija, una archiduquesa, a un general corso aristocratizado por la vía de las armas y al que odiaba profundamente era algo inconcebible. Jamás se había visto tal cosa. Pero Austria estaba muy cerca de Francia, los ejércitos franceses podían llegar allí en cuestión de días, ¿qué podía hacer?
Por otro lado, ser el suegro del hombre más poderoso del mundo significaba, así lo creía Francisco, la paz con él. María Luisa, la archiduquesa, lloró y lloró. No quería ser la esposa de Napoleón. Pero, aristócrata como era, sabedora de que las princesas eran para esos fines, aceptó por fin su destino. Cuando llegó a Francia contrastó enormemente con su esposo. Él apenas le llegaba al cuello y la diferencia de edades era notable.
Pero se encariñó con su puesto de emperatriz, Napoleón era bueno con ella. Lo consideró buen amante (no había conocido otros, pero lo haría), y al poco tiempo se declaró profundamente enamorada del Emperador y completamente feliz. Pero su esposo era más adicto a la guerra que a cualquier otra cosa. Y la guerra terminó por destruirlo, entonces ella no dudó mucho en volver con su padre. Conoció a un militar alto, tuerto, fanfarrón, y se convirtió en su amante. Adam von Neipperg no era un genio para la guerra como Napoleón, pero sí mejor amante y eso a la archiduquesa le bastaba.
Se olvidó por completo de Napoleón. La aterrorizaba la idea de tener que ir junto a él a la isla de Elba. Y cuando murió dijo, contradiciéndose a sí misma, que jamás lo había amado. En eso fue bien correspondida. Napoleón tampoco la amó. Desde que se fijó en ella dejó bien claro que lo que él quería era un vientre adecuado para que pariera a su hijo. A la que realmente amó el Emperador hasta el día de su muerte fue a Josefina, aquélla que, para su desgracia, tampoco lo amó a él.

martes, 19 de junio de 2012

La historia, esa novela mal escrita


Los libros de historia algunas veces nos proporcionan imprescindibles obras literarias, y a veces también nos proporcionan alguna verdad, pero no siempre. La historia muchas veces es alterada con fines de Estado, ultrajada y vuelta a escribir. Personajes que murieron hace siglos son enaltecidos o injuriados, según las conveniencias de los vivos.
Es tanta la ignorancia, o el conformismo, que reina en el mundo, que alterar la historia es cosa bien sencilla. Muchos creen, por ejemplo, que John F. Kennedy y Abraham Lincoln fueron excelentes presidentes de los Estados Unidos, que León Trotski fue una figura secundaría en la consolidación de la URSS y que la miseria de Latinoamérica es por culpa de la colonización española.
Y así hay más, muchas más mentiras, algunas que nos gusta creer. A los nacionalistas más fanáticos no les interesa la historia de su país si no los llena de orgullo patrio. Prefieren cambiarla, por absurda que se vea, y vivir en la mentira que, al parecer, también atrae la felicidad, a veces más que la verdad.
Los héroes siempre han sido necesarios. Pero no para lo que muchos creen. Hay quien dice que un héroe es necesario para mantener a un país unido, y que si no los hay, es necesario hacerlos. Eso es falso. Los héroes en nada alteran la vida del ciudadano normal, que sólo busca un buen trabajo y vivir en paz, con las necesarias recreaciones. Los héroes únicamente sirven a los políticos para fines demasiado egoístas.
Los políticos tienen la extraña idea de que una sociedad no amará a su país si ellos no la obligan a hacerlo, por métodos pacíficos y no tanto, y para ello se atreven a manipular todo lo que sea manipulable. Alterar la historia, por decreto, es un acontecimiento tan demasiado común, en cualquier lugar del mundo, que no es un atrevimiento decir que ésta, la historia, es una novela, a veces con deficiente calidad literaria y muy mal escrita, pero novela al fin. Y cómo no sospechar que lo sea si en las novelas, a fin de cuentas, es donde mejor se dan los héroes.
A veces esas mentiras que se inventan políticos o historiadores con fines políticos con la intención de quitar hombres de un lugar donde sí estuvieron, de hacer batallas chicas muy grandes y de cobardes muy valientes, son cosas bien sencillas de refutar, pero  pocos quieren hacerlo porque la verdad, desgraciadamente, casi a nadie le gusta debido a que desnuda, y muy pocos tienen el valor de dejar ver sus miserias. Es mejor para muchos la mentira, porque ésta sirve para que nos vean como realmente no somos, que es como nos gusta más ser vistos.

jueves, 14 de junio de 2012

Crisis y fanatismo: pólvora y fósforos


Sería ideal que cuando un país entra en crisis, sus habitantes, haciendo uso de su capacidad de razonar, trataran de enmendar sus errores, de ver la mejor salida posible, en fin, de tapar el hoyo sin necesidad de hacerlo más profundo. Pero la mente humana no llega a tanto. Nada más hay una crisis y la sociedad enseña lo peor de sí.
Hoy en día Grecia es noticia por sus neonazis, cuando el país, si es que es tal, anda patas para arriba, pero ni así deja de meterlas. Lo peor es que quizás muchas personas asociaban el nombre de Grecia a la cultura, la civilización, los cimientos del pensamiento moderno, arte y demás cosas valiosas que pareciera que los griegos de hoy no conocen, y ellos mismos se están encargando de destaparle los ojos al mundo. Grecia es hoy uno de los países más corruptos que existen, con perdón de México, y de su grandeza cultural sólo queda algo que salta a la vista: ruinas.
Una vez que la población de un país toma una forma de ser, por así decirlo, es casi imposible hacerla cambiar. Revisando libros escritos hace un par de siglos, me he dado cuenta de que ya se describía al griego como perezoso, moralmente degradado e incorregible. Y según se ve no ha cambiado.
Lo peor y más ridículo de todo es que un país que está necesitando de toda Europa para que le paguen sus propios errores se dé el lujo de tener políticos que exhiben abiertamente una postura nacionalsocialista. Eso ya es el colmo del cinismo. Y si hay algo todavía más insólito es el hecho de que aun así los países más prósperos de la Eurozona salvarán, si pueden, a Grecia de Grecia, es decir, de su deseo de ir a la ruina. Vaya cosa. 

miércoles, 6 de junio de 2012

Mein Kampf y la sustitución de la Biblia


Cuando Hitler publicó su aborrecible manual del racismo, de la intolerancia y la arbitrariedad, sus seguidores, los nazis, lo vieron pronto como una especie de Biblia para las futuras generaciones alemanas. Promocionaron el libro cuanto les fue posible, mintieron -cosa que les salía muy bien, dicho sea de paso- sobre el número de ejemplares vendidos durante los primeros años en que apareció, pero ni así obtuvieron los resultados deseados: que un ejemplar de Mein Kampf  figurara en cada hogar alemán.
Cuando por fin Hitler se hizo con el poder, se les presentó la oportunidad de cumplir sus objetivos, es decir, sustituir la Biblia por su indeseable panfleto. Para ello contaban con algo que antes no: el dinero de las arcas públicas.
La idea que se les ocurrió fue bastante acertada. Las parejas, las que duran, conservan con afecto los regalos que reciben el día de su boda. Los hijos conservan con más afecto los objetos que pertenecieron a sus padres. Y los nietos depositan a veces más afecto aún en aquello que fue de sus abuelos. Los nazis decidieron regalar el libro que había escrito su desequilibrado mesías, pero no en momentos sin importancia ni al azar, porque en esos casos el que lo recibía podría perderlo, no cuidarlo o no leerlo, en cambio, si el regalo era el día en que una pareja contraía nupcias, el libro pasaría a ser un símbolo de su unión.
Durante el Tercer Reich, cuando los nazis contaban con el dinero para hacer todas las locuras que se les ocurrían a sus enfermas mentes, regalaron millones de ejemplares del libro a las parejas arias que se casaban. Era una excelente forma de inyectar su torcida ideología en la población alemana y no escatimaron en recursos para conseguirlo. 
Pero éste sólo es uno de los lamentables casos en que el pueblo lee lo que el Estado quiere que lea. Porque a los políticos muchas veces les da por creerse moralmente perfectos y con autoridad  para decir qué tipo de literatura pueden y deben y tienen que consumir sus gobernados. El Estado es lamentablemente una fuente de poder a veces inagotable, y cuando está conformado por enfermos mentales les da a éstos por hacer cosas verdaderamente absurdas e inexplicables para una persona de bien. 

domingo, 3 de junio de 2012

El francés en tiempos de las monarquías


Actualmente el francés sigue siendo un idioma muy popular. Sin embargo, ni de broma puede compararse su situación actual con la que tenía hasta antes de la Primera Guerra Mundial, cuando era el idioma más importante del mundo.
Hubo una época, cuando este mundo era de los reyes, en que el francés tenía que hablarlo cualquier hijo bien nacido, o que cuando menos eso aparentara. Los miembros de las familias reales de cualquier país, llámese Inglaterra, Rusia, el Sacro Imperio, Suecia, etc, tenían que hablar el francés tan bien, e incluso mejor, que su lengua materna.
Los nobles no eran la excepción, al igual que sus superiores los reyes, debían de dominar el francés desde muy temprana edad, con fluidez, con buen acento y bien escrito, nada de en abonos y señas. Los burgueses, por lo tanto, sabiendo que para poder progresar tenían que llevar buenas relaciones con la nobleza, y que para tal efecto un buen dominio del francés siempre serviría,  se esmeraban en ser francoparlantes.
Los escritores de cualquier país, anteponiendo siempre a sus colegas franceses por encima de los del resto del mundo, también se esmeraban por dominar el francés mejor que su lengua materna. Algunos abandonaban ésta para escribir en francés. Sabían que así serían más leídos. Los libros que originalmente se escribían en francés, muchas veces eran exportados sin necesidad de traducirse, porque estaban destinados sólo a la gente culta, la que dominaba el idioma.
Cuando el mariscal Bernadotte, francés de nacimiento y militar a las órdenes de Napoleón, fue coronado como rey de Suecia, jamás, a pesar de que su reinado fue largo, pudo aprender el sueco. No le hizo falta, cierto, porque como rey que era sólo hablaba con la nobleza, y toda ésta dominaba a la perfección el francés.
Muchos franceses sin titulo ni renombre alguno, que podían procurarse una modesta cultura, emigraban a otros países con la intención de ser contratados por nobles familias para que les educaran a sus hijos. Era muy común y una especie de moda que un niño noble tuviera un preceptor francés, entre otras cosas, para que aprendiera el idioma con  el acento deseado.
Esta situación no cambió en nada con la Revolución francesa; en tiempos de los napoleones el idioma continuó siendo el preferido de la aristocracia europea, aunque de ellos, los napoleones, el primero hablaba mejor el corso y el segundo y el tercero el alemán.
Pero todo, o casi todo, tiene un final. En un país muy alejado de Francia, en el norte de América, algunos hijos de nadie, cuando no de vecino, a fuerza de sesos y de trabajo se hicieron ricos, muchos y mucho, y su idioma, el inglés, pronto se fue imponiendo en el mundo, y no sólo a la nobleza, también a la clase media le fue dando por aprenderlo. Y el francés, como alguna vez el griego, fue quedando relegado, no sin antes dejar honda huella en el mundo.