Entradas Héroes solitarios

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Reseñas de novelas de héroes solitarios

miércoles, 11 de abril de 2012

¿El Vaticano es una empresa?


Los cuestionamientos que se hacen a menudo sobre la verdadera finalidad de la institución que es el Vaticano no son sólo de ateos y opositores a la Iglesia Católica, también los hacen personas sensatas y bienintencionadas, que opinan sin insultos, sin descalificaciones y con argumentos bien sólidos.
He leído apenas un artículo del periodista exiliado cubano Carlos Alberto Montaner titulado Vaticano, Inc. (Con perdón) que me ha parecido muy interesante, y en el que explica las cosas de forma bastante sencilla:

Como cualquier empresa, el objetivo de Vaticano INC.  es ganar y mantener nuevos adeptos (salvar almas) en competencia con otras compañías que ofrecen servicios parecidos. 

Pero es mejor leerlo completo. El artículo está en el Diario de América, donde yo lo leí, y también en muchos otros, porque Montaner es uno de los periodistas más leídos en lengua española.

martes, 10 de abril de 2012

La vida en México. Durante una residencia de dos años en ese país (Marquesa de Calderón de la Barca)

La Marquesa de Calderón de la Barca es, o más bien fue, a pesar de su titulo tan hispano, de nacionalidad escocesa. No fue, desde luego, descendiente directa del famoso escritor del Siglo de Oro, ni siquiera guardan parentesco alguno. Nació en 1804 y le dieron el nombre de Frances Erkine Inglis, se trasladó muy joven a vivir a Boston, y allí, ya un tanto mayorcita, se casó con un diplomático español llamado Ángel Calderón de la Barca.
Calderón, como lo llamaba ella, fue designado a finales de 1839 como el primer representante de España en México, cuando la reina Isabel II se resignó por fin a perder aquella colonia y decidió reconocerla como una nación independiente. Poco más de dos años después, Calderón y su ilustre esposa abandonaron el país.
Durante su estancia en México, Frances, una mujer culta, políglota y por demás interesante, escribió a su familia, afincada en Boston,  bastantes cartas, en las que contaba de todo más que de ella. En 1843 publicó en Boston La vida en México, un libro compuesto por cincuenta y cuatro de aquellas cartas. Poco tiempo después, el mismísimo Dickens la apoyó para que su obra saliera a la venta en Londres.
Al pasar poco más de un siglo el libro se convirtió en una obra casi de culto en México, donde se edita con frecuencia y no pasa nunca desapercibido para quien se interesa en la historia del país. En España tardó aún medio siglo más en aparecer, con una traducción diferente a la de México. Y hoy en día es considerado uno de los mejores libros de viajes de cuantos se escribieron en el siglo XIX. Es  evidente porque  Dickens creyó oportuno apoyar su difusión.
En La vida en México la Marquesa de Calderón de la Barca nos cuenta simplemente lo que ve, pero a su manera. Desde el momento en que zarpó el barco que la llevó de Nueva York a Cuba, Frances empezó a plasmar en papel sus impresiones sobre la gente que la acompañaba, el mar y la propia nave. No se guardó nunca sus críticas quizás pensando que quedarían en familia, y gracias a eso escribió siempre con total libertad. Su prosa es excelente, su sarcasmo acido pero divertido y su manera de retratar lo que ve no deja de ser hasta cierto punto impresionante.
El libro nos revela, además de la vida en México en aquella época, a una mujer muy inteligente, muy culta y muy conciente de ello. No por nada años después, cuando quedó viuda, fue designada institutriz de la infanta Isabel, por la reina, un puesto del que no se hacía cualquiera, y posteriormente el rey Alfonso XII la hizo marquesa.
Su producción literaria no pasó de un libro más titulado El agregado en Madrid o bocetos de la Corte de Isabel II,  y, hemos de decirlo, eso es muy lamentable, porque Frances fue una mujer que escribió poco, pero que escribió bastante bien.

sábado, 7 de abril de 2012

Napoleón y María Walewska. La fiel amante del emperador (Jorge Zicolillo)


Los libros que retratan a las grandes parejas de la Historia pueden ser interesantes, sobre todo si uno de los integrantes de una de esas parejas es el militar más temido de todos los tiempos, Napoleón Bonaparte. La más celebre de sus mujeres es sin duda a la que más amó, Josefina, pero no por ello deja de ser interesante aquélla a la que siempre mantuvo oculta, que escribió junto con él una gran historia de amor y que, entre otras más cosas, le dio a su primogénito.
María Walewska era una noble, y ya señora, polaca cuando llegó a su muy desgraciado país Napoleón Bonaparte, el hombre más poderoso del mundo que era visto como poco menos que una divinidad por los polacos por la razón de que había humillado cuanto había querido a rusos y a austriacos, sus verdugos.
Cuando Napoleón conoció a María se encaprichó con ella. Y sin muchos preámbulos pretendió llevarla a su cama. Pero María era una mujer bien educada, noble pues, casada y con un hijo, y aunque su marido ya tenía muchísimos años y un pie en la tumba, ella no quería prestarse para ser la amante pública del Emperador. Pero el pueblo polaco, ansioso de hacerse con tan poderoso protector, orilló a la joven a convertirse en la amante del gran general.
Con el tiempo nació el amor y también un hijo, lo cual sorprendió al Emperador, quien, como no había podido embarazar a Josefina, madre ya de dos hijos de su primer esposo, creía que era estéril. Pero cuando Napoleón supo que María estaba embarazada, no dudó que el hijo que esperaba era suyo.
Y aunque se divorció de Josefina, básicamente porque no le podía dar un heredero, Napoleón no se atrevió a convertir a María en su esposa ni a Alejandro, su hijo, en su heredero. Para tales puestos tenía destinada a otra María, pero muy aristocrática ella, Habsburgo para más señas, y a otro niño, Napoleón, como el padre y, él sí, hijo legitimo.
El destino de María Walewska fue estar a la sombra de las esposas del Emperador, siempre escondida, dispuesta para consolarlo en sus derrotas, para amarlo y parar serle fiel como ninguna de sus esposas pudo serlo. Él era el hombre más extraordinario de su tiempo y ella sólo era una mujer romántica, él quería el mundo y ella tal vez únicamente a él, por eso en contadas ocasiones fueron felices juntos.
Napoleón y María Walewska me ha gustado. El autor posee un estilo agradable que impide aburrirse. Fue por eso que decidí buscar más obras suyas y me he encontrado con que fue acusado de plagio, al parecer de forma bastante evidente, entre otras cosas. Por lo que al libro se refiere, tiene por allí no pocas erratas, cosa a veces común en los libros que los editores deberían de esmerarse en evitar.
Al igual que con el libro de la reseña anterior, he visto que  éste, para quien quiera hacerse con él sin salir de casa, está a la venta en Amazon en formato digital. 

jueves, 5 de abril de 2012

Perfiles de coraje (John F. Kennedy)


En 1954 John Fitzgerald Kennedy era ya un senador presidenciable en los Estados Unidos. Aunque aún joven, era muy rico, guapo para las mujeres y poseía una oratoria que gustaba casi a todos. Le faltaba seducir a los que simplemente querían a un buen presidente, y ésa era la tarea más difícil. Algo así podía conseguirse con un libro, un buen libro.
A principios de 1956 el joven senador publicó Profiles in Courage, un libro extraordinario en el que abordaba a políticos norteamericanos que habían sacrificado su nombre, su honor y su futuro por el bien de su patria, o simplemente para no traicionar sus ideales. Ocho políticos en total fueron sacados de las brazas de la historia por el carismático JFK, empezando con un hijo de un presidente, John Quincy Adams, y terminando con otro, Robert A. Taft, pasando por el famoso Daniel Webster, a quien Kennedy admiraba por su gran oratoria.
En Perfiles de coraje se narra de manera dramática, a veces rayando en lo novelesco, la lucha desesperara de aquellos políticos que dieron lo mejor de sí en momentos cruciales de la historia de los Estados Unidos. Sabían que nadie les daría las gracias, por el contrario, les quedaba claro que estaban cavando su tumba en el terreno político; para algunos su proceder era lo mismo que tomar un tren que los llevaría muy lejos de la Casa Blanca. Aun así hicieron, según Kennedy, lo que era correcto, para lo cual se necesitaba un gran valor.
El libro fue una verdadera bomba, ganó el Pulitzer y le granjeó a Kennedy un enorme reconocimiento. Justo lo que buscaba en vísperas de iniciar su lucha para conseguir la candidatura a la presidencia por el Partido Demócrata. Pero, a pesar del éxito del libro, no todo lo que le acarreó a Kennedy le dejó buen sabor de boca. Desde tiempo atrás tenía como asesor a Theodore Sorensen, un joven abogado de gran talento, que al llegar a la presidencia le prestaría grandes servicios, entre ellos el de escribir sus discursos. Apenas un año después de que se publicó Perfiles de coraje empezó a correr el rumor de que no lo había escrito Kennedy, sino Sorensen.
Ambos negaron el hecho. Aunque el uso de negros literarios es muy común, sobre todo por políticos que quieren publicar libros impecables, de haberse probado aquello Kennedy habría perdido su prestigio y la confianza de su partido.
Como rumor quedó, y como tal perdura hasta nuestros días. Pero con los años la versión de que Sorensen es el autor del libro se ha venido fortaleciendo. Él le hacía prácticamente todo a Kennedy. Tomaba llamadas incluso imitándole la voz. El propio Kennedy llegó a decir que un hombre inteligente era aquél que se atrevía a rodearse de otros más inteligentes que él, y Sorensen pasó a la historia como el hombre que estuvo detrás de muchos de los logros de su jefe.
Sea quien sea el autor, lo cierto es que el libro vale mucho la pena. Lamentablemente, por lo que he podido averiguar, no se edita en la actualidad en español, como sí ocurrió en los años en que tuvo gran éxito. Pero quien domine el inglés y ya se haya hecho de un kindle puede comprarlo en Amazon. Perfiles de coraje está a la venta allí en formato digital.
Tal vez si no se edita en español es porque los editores no saben si pagar los derechos de autor a los herederos de Kennedy o a los de Sorensen. Gran dilema.

viernes, 23 de marzo de 2012

Los Kennedy, un drama americano (Peter Collier y David Horowitz)

Los Kennedy hasta la actualidad siguen siendo la familia más atractiva de todo el continente Americano,  no por los que viven hoy, no se ve a ninguno con posibilidades de llegar a la Casa Blanca, pero sí por los que vivieron en el siglo pasado. A pesar de que sólo John llegó a ser presidente, los demás miembros del clan hicieron lo propio para que el mundo fijara su mirada en ellos. Los líos de faldas de todos los varones de la familia, la manera en cómo el patriarca hizo su enorme fortuna y sobre todo la muerte trágica de varios miembros hicieron de los Kennedy una dinastía que vale la pena estudiar.
Sobre ellos, y más que nadie sobre John, se publican anualmente muchos libros en ingles. Bastantes menos de los quisiéramos se traducen al español y llegan a librerías hispanas, pero afortunadamente los necesarios para conocer la forma y el fondo de esta enigmática y no menos atractiva familia. Los Kennedy, un drama americano, de los periodistas norteamericanos Peter Collier y David Horowitz, es uno de los libros sobre  ellos, los Kennedy, más populares en español, desde que se editó por primera vez, en 1985. Y no es para menos, se trata de un libro bastante bueno, que ofrece una visión muy bien elaborada de todos los miembros de la familia.
Los autores repasan, uno a uno, a todos los Kennedy, desde el primero que llegó a los Estados Unidos con lo puesto proveniente de Irlanda en 1849, llamado Patrick, como el santo patrono de su país, un nombre que llevarían muchos de sus descendientes varias generaciones después para no olvidar su ascendencia católica irlandesa.
Patrick vivió poco tiempo en los Estados Unidos, murió joven, apenas alcanzó a dejar descendencia, de la que él jamás imaginó hasta dónde llegaría. Ya su hijo, con el fuerte estigma de ser “irlandés”, llegó a incursionar en la política de Boston, demostrando la gran ambición que caracterizaría tiempo después a todos los miembros de su familia.
Pero fue su hijo, Joseph Patrick, el segundo Kennedy que nació en los Estados Unidos, el hombre que trasformó a la familia en un mito, y sin duda sin él los Kennedy hoy en día no serían lo que son. Su importancia puede definirse con unas cuantas palabras: su hijo John fue presidente porque él decidió que lo fuera. Su enorme inteligencia lo llevó a comprender todas las vías que en su tiempo llevaban a hacer dinero. Y lo hizo a montones. En la forma era un ciudadano modelo: devoto católico, buen padre y esposo y patriota americano. En el fondo, sin embargo, jamás fue muy bueno para ocultar sus defectos, que le dieron fama de hombre inmoral con mil y un argumentos.
Me he encontrado con otros libros en los que ese patriarca, Joseph Kennedy, es retratado como un monstruo ambicioso capaz de apreciar a sus hijos en la medida en que éstos pudieran satisfacer su narcisismo y su enorme complejo de superioridad. Pero aquí no ocurre lo mismo. Si bien queda claro el porqué de su mala fama en muchos aspectos, como padre Collier y Horowitz nos ofrecen a un hombre con sentimientos, preocupado siempre por sus hijos, que llegó a sufrir como cualquier otro con las perdidas que tuvo que padecer.
Fue precisamente el carácter del padre lo que llevó a John y a sus hermanos a formar una familia tan hermética, compitiendo siempre entre ellos, pero protegiéndose como leones contra toda amenaza exterior. Los Kennedy no tenían amigos, porque sus amigos pronto tenían que pasar a ser sus sirvientes o sus bufones, para poder permanecer en su entorno. Sólo se preocupaban por su familia, lo demás, todo, podía ser sustituido siempre.
Los Kennedy, un drama americano nos ofrece un análisis muy detallado de ésta no poco interesante familia; como ya dije, de todos sus miembros y de todas las generaciones que han nacido en los Estados Unidos, incluyendo también a nueras y yernos y la razón por la cual estos últimos fueron admitidos en el clan. 
Quien haya pensado que las biografías de familia sólo son interesantes cuando se trata de los Habsburgo, los Borgia o los Borbones, sin duda se equivocó. 

martes, 20 de marzo de 2012

Churchill, Truman y los genocidios perdonados


Ahora que se habla mucho de que hasta los países más paupérrimos del globo pueden tener armas nucleares, me he puesto a pensar y no sin un poco de preocupación que en las guerras a los buenos -los que se dicen buenos o son recordados como tales- también se les pasa la mano. 
Quienes ganan una guerra, en la medida de la magnitud de ésta, se tiñen tanto de heroísmo que se pueden dar el lujo de no dar explicación alguna sobre sus crímenes y mucho menos de pedir perdón. En la Segunda Guerra Mundial se cometieron dos genocidios desde el aire donde murieron miles de inocentes, que no querían más guerra sino escapar de ella. Uno fue sobre ciudades japonesas y lo ordenó Harry Truman, el otro fue en Dresde y lo ordenó Winston Churchill. Dos lideres que pasaron a la historia como los buenos del conflicto.
Revisando mis libros me ha llamado la atención lo que ellos dijeron al respecto. Churchill de hecho no dijo gran cosa en sus memorias, y si mencionó el acontecimiento fue porque en tan voluminosos libros era imposible omitirlo. Pero apenas le llevó dos líneas:   

(…) en febrero hicieron una incursión sobre Dresde (La Real Fuerza Aérea inglesa), que entonces era el centro de comunicaciones del frente oriental alemán.

De las víctimas ni una palabra. Quizás pensó que mencionarlas no cambiaba el hecho.
Truman, en cambio, estaba obligado a dedicarle más líneas en sus memorias a su propio genocidio. Y cierto es que no trató de repartir culpas, al contrario:

Me correspondió a mí la decisión final acerca del lugar y el momento de emplear la bomba atómica. Que quede esto bien claro.

Lo que no deja de llamar la atención es que la vida de miles de inocentes podía depender no de su conciencia sino del clima:

(…) fueron recomendabas como objetivos las cuatro ciudades siguientes: Hiroshima, Kokura, Nagasaki y Niigata. Quedaron relacionadas por este orden como objetivos del primer ataque. El orden de selección estaba de acuerdo con la importancia militar de las ciudades, pero se concedía autorización para modificarlo si lo exigían las condiciones meteorológicas en el momento del bombardeo.

Y una vez achicharrados los inocentes, o más bien lo que le sigue, ni aun siendo tantos Truman se acordó de ellos, aunque sí sabía bien lo que había hecho:

Quedé profundamente impresionado (…) después dije al grupo de marinos que tenía a mi alrededor: “Éste es el hecho más grande de la historia”.

Eso es bien cierto. Allí la humanidad comprendió que un mal día sin deberla ni temerla podía desaparecer por orden de un dictador o de un presidente elegido democráticamente. A fin de cuentas, cuando se enojan llegan a parecerse mucho unos a otros.
Algunas personas me han dicho a lo largo de los años que esos genocidios fueron necesarios para no prolongar la guerra y ahorrar vidas. Eso para mí no cambia las cosas. Siempre que se asesine a inocentes, por el motivo que sea, será el hecho un crimen abominable. Además, está bien claro que la masacre de Dresde no era necesaria. La ciudad no tenía importancia militar. Y cuando ocurrió lo de Japón, el país ya estaba por doblar las rodillas, ya no tenía aliados y su fuerza militar se agotaba con demasiada rapidez. Fueron en realidad actos para demostrar fuerza, sin importar las vidas de inocentes que ello costara.