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viernes, 2 de enero de 2015

Alemania contra Estados Unidos, la guerra que nunca se dio

Quizás el título de esta entrada confunde, ya que Alemania y Estados Unidos se enfrentaron en las dos guerras mundiales con resultados a favor de los últimos.  Pero quería hacer referencia a una guerra que nunca se dio entre ellos solos, sin aliados y en igualdad de condiciones, lo cual, de haber ocurrido, es probable que habría impedido la consolidación como hiperpotencia del imperio yanqui.
La participación de Estados Unidos en las dos guerras mundiales no fue, en ninguno de los casos, un suceso devastador para este país. Es cierto que tuvieron significativas bajas, pero en general su poder destructivo no fue mermado ni puesto en peligro en absoluto. Para el imperio norteamericano ambas guerras fueron poco más que un día de campo en comparación con países europeos que tuvieron que apostarlo todo y perdieron, en muchos casos, todo.
¿Pero qué habría pasado si en esos conflictos sólo hubieran peleado contra una Alemania intacta, sin otros contendientes que vencer? Porque Alemania en la Primera Guerra Mundial ya había puesto de rodillas a Rusia y en muy serios aprietos a Francia y a Inglaterra, contando con apenas unos aliados muy débiles como Austria y Turquía. Cuando llegaron los yanquis a Europa, el poder destructivo alemán ya estaba muy mermado, no obstante, aún causaron un daño considerable en bajas a los recién llegados.
En la segunda la cosa fue similar, Alemania ya tenía a Francia de rodillas, a Inglaterra acorralada y a Rusia como a una fuera rabiosa, atrincherada pero defendiéndose. Para lograr tal proeza, Alemania tuvo que quemar la mayor parte de sus naves, sobre todo en Rusia, de manera que cuando llegaron los yanquis, el poderío alemán, el más temible de Europa, estaba en franca decadencia.
Por eso quedará siempre la duda sobre qué habría pasado con Estados Unidos de tener que enfrentarse a una Alemania intacta, con su gran capacidad de producción, de innovación en armamento y con esa disciplina prusiana que es tan ajena en el resto del mundo.

martes, 4 de septiembre de 2012

La nacionalidad de los reyes


Es curioso, por decir lo menos, que antes el nacionalismo no dañaba tanto a los países como ahora. Ese cáncer es relativamente nuevo, de finales del siglo XIX. Desde entonces si una persona quiere ser presidente de su país, ha de echar el árbol genealógico por delante para probar que su abuelo, su bisabuelo y quizás también su tatarabuelo fueron producción local.
Cuando el mundo era de los reyes, las cosas no eran precisamente como ahora. El patriotismo se centraba  en el rey, fuera quien fuera y de donde fuera. Porque resulta que  muchas veces los monarcas no eran originarios del país donde gobernaban. Por ejemplo España, exceptuando los lapsos en que ha sido republica o dictadura, no ha sido gobernada por alguien de pura cepa española desde que la muy ilustre doña Juana la Loca expiró allá por 1555. Incluso desde muchos antes sus funciones fueron meramente simbólicas ya que, como es bien sabido, de celos se volvió loca.
Después de ella los gobernantes de España fueron tan austriacos que así es como se les conoce: los Austrias. Tan malos para gobernar fueron que se acabaron, en apenas dos siglos, al más grande imperio de todos los tiempos. Fueron sustituidos por otros extranjeros, los Borbones, los actuales, pero cuando llegó  un momento en que ya no se les toleraba, los españoles se inclinaron, fieles a la tradición, por otro extranjero, un italiano.
Pero España no es una excepción. La exportación de reyes en otros siglos fue un recurso muy utilizado. En Rusia la familia Romanov no dejó de gobernar con la muerte del zar Nicolás II y su familia, sino muchos años antes. El zar Pedro III no era un Romanov, aunque por motivos políticos decidió serlo. Era en realidad alemán y su apellido Holstein-Gottorp.
En Inglaterra el nombre de la familia real hasta la Primera Guerra Mundial era, como ellos, muy alemán también: Sajonia-Coburgo- Gotha. La misma familia gobierna actualmente Bélgica y sigue metida, aunque sin corona, en Bulgaria.
En Grecia cuando se quitaron el pie turco de encima, pidieron un rey a Alemania, principal exportador de reyes del mundo. Les enviaron a un bávaro, que después fue sustituido por otro rey extranjero, éste de Dinamarca, del que desciende, como todo mundo sabe, la reina doña Sofía.
Es extraño que hoy muchas veces a un futbolista nacionalizado la afición le quiera  arrancar la playera con todo y pellejo, mientras que antes se soportaba que fuera extranjero hasta el mismísimo gobernante. 

viernes, 20 de julio de 2012

Winston Churchill y el Káiser Guillermo II


La foto de arriba es una de esas imágenes de la historia que dicen mucho, más que varios libros juntos, si la sabemos interpretar. Fue tomada allá por 1909, y los protagonistas son nada menos que Sir Winston Leonard Sperncer-Churchill y el todopoderoso Guillermo II de Alemania, el último Káiser.
Cualquiera se preguntaría por qué antes incluso de la Primera Guerra Mundial, cuando nadie conocía a Churchill fuera de su entorno, el emperador de Alemania posaba junto a él para un fotógrafo. La respuesta es sencilla: antes que estadista e historiador, Churchill era un aristócrata, sin titulo nobiliario, pero nieto del duque de Marlborough. La familia había emparentado siglos atrás, bastardamente, eso sí, con un rey de Inglaterra. De esa rama descienden, para no ir muy lejos, los actuales duques de Alba. De allí que Guillermo no tuviera inconveniente en retratarse con él.
Otra cosa interesante de la fotografía es un dato que nos revela con nada más verla. Churchill medía 1.70 m, era, para la época, de estatura media. El Káiser, como puede verse, era más bajo que Churchill, aunque por las poses y los ostentosos uniformes militares, siempre lo hemos imaginado como un hombretón de metro noventa y pico. Nada más lejos de la realidad.